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14 de noviembre de 2010

LA PEÑA FLAMENCA LINENSE

En La Reja, un bar frente a la Plaza de Toros, en tertulia de aficionados al Cante, se funda La Peña Flamenca Cultural Linense. El grupo de amigos que la fundara se ubica en un local del Paseo de Andrés Viñas, en una nave cedida por el Ayuntamiento, era el año mil novecientos ochenta y uno. Sin precisar motivos, se efectúa una mudanza: se trasladan, con los discos y las fotografías, a la calle de San Pablo, en los altos de la Jerezana. Luego se instalaron en los locales de “El Halcón”, sociedad de cazadores de rancio establecimiento en la ciudad. El peregrinar, que parece ser connatural con este tipo de entidades, se ha detenido en la calle del Rocío. Allí está su sede canónica (por lo de los cánones, ya saben) desde mil novecientos ochenta y uno. Diez años de recorrido por la ciudad hasta asentarse, es un ámbito familiar. Recinto intimo, pero de grandes dimensiones en lo artístico y gran proyección del sentir flamenco linense. Sus figuras emblemáticas: Chato Méndez, cuyo estilo ha impregnado a las grandes figuras del cante flamenco; El Chaqueta, de gran resonancia en un arte flamenco que no tiene fronteras; y algún que otro que, sin haber podido desarrollarse por una u otra causa, han dejado entrever un potencial artístico y facultades precisas. Sea este indefinido símbolo, este monumento al artista anónimo, el que agrupe a toda la afición de La Línea, al menos así debe ser. Esta agrupación cultural se une bajo un lema, “Defender, Mantener y Divulgar el Arte Flamenco en sus expresiones de Cante, Toque y Baile”, que es bandera y consigna de una lucha por un arte que no puede vivir sin mantener sus raíces frescas y libres de contaminaciones. Difícil y hermosa tarea.

DEFENDER

En algún caso, se lamentan, no ha faltado quien les haya reprochado un exceso de exigencia y de un exclusivismo en cuanto a sus preferencias. Se defienden, aduciendo que el rigor está fundamentado en la defensa de una calidad imprescindible para la correcta vida de una Peña Flamenca. Entienden, y no creo que se les pueda reprochar nada, que la mejor defensa de nuestro arte es defenderlo de los despropósitos, de erróneas conductas, de ligereza en las ejecuciones. Están, me insisten, intelectualmente opuestos a la desproporción entre la calidad y la difusión de la que adolece una mala comercialización del arte. Un arte que, como en su desarrollo se hizo tabernario, sabe donde están los obstáculos, el tratamiento menos conveniente. Además, porque ya ni las tascas son lo que eran y, sobre todo, porque “el que no huele a canela y a clavo no sabe distinguir”, que decía Pastora Pavón, con su talento de estirpe. No es mala idea recordar la taberna como escuela de vida y maneras, algún provecho habría que sacarse; pero son otros los cauces de su desarrollo en la actualidad. Y se pretende distinguir, hacer escuela, hacer cultura, y cultura andaluza. Insisten en que sus objetivos están relacionados con su formula de tres puntos. Saben que la mejor defensa es insistir en una calidad tan elemental como imprescindible. Esa actitud les ha conferido el reconocimiento de otras peñas y de los buenos aficionados de toda Andalucía. Gozan del respeto de quienes celebran su actitud como benefactora de un arte entrañable. Así pretenden continuar una función de defensa de lo nuestro, en este caso nuestro arte musical. Elemento cultural de primera línea que nosotros mismos, con nuestros hábitos contaminados, no potenciamos precisamente. Arte sagrado para quienes quieren ver en él valores atávicos con vocación de futuro. Su defensa, mantienen, es el eje de la tarea para mantenerlo y difundirlo.

MANTENER

Esa manifiesta defensa implica un especial cuidado, no sólo con las formas musicales, sino con las más elementales actitudes. Se diría que es una delicada labor que requiere unos planteamientos de entrega por parte los artistas que acuden a su cátedra. En ello están implicados y empeñados. Alguien dijo que para amar un arte hay que amar a sus artistas. Francisco Pérez, su actual presidente, me habla, entusiasmado y respetuoso, del gran tesoro que en la ciudad se esconde; el mejor arte, dice, entre los aficionados cabales que huyen de la exhibición. Grupos, familias, que mantienen en sus recintos íntimos la llama de los mejores estilos y de la seriedad creativa. Cuenta, y no acaba, de cómo ven fluir valores esenciales en la conservación de nuestro arte milenario. Desde la Peña se esfuerzan en animar y lanzar a artistas que cuenten con las dotes esenciales para el ejercicio de un arte que se hereda, y que también se enseña. Debemos añadir que, en La Línea, son varias peñas flamencas más las que se esfuerzan por mantener vivas las inquietudes y aficiones del flamenco, y, al parecer, todas parten del mismo eje e iniciativas.

En un ejercicio de mantener vigoroso el arte, se han esforzado en lanzar a artistas que han obtenido considerados premios en sus actuaciones fuera de la ciudad. Triunfos que no sólo han reportado beneficios artísticos a ellos, sino que ha sumado prestigio a la Peña y nombradía a La Línea. Ellos, en la Peña, entienden por mantener, cómo cuestionarlo, que la enseñanza es fundamental para conservar vivo un semillero que, con esmero y autentico amor, promete frutos a su debido tiempo. En la Peña cuentan con buenos componentes para cumplir con este sagrado deber, su presidente así lo asegura sin ocultar su admirado reconocimiento a todos ellos. Es de suma importancia, dicen, ajustarse musicalmente a cada uno de los estilos de la variada gama de los cantes, los toques y los bailes. Puede que la grandeza de este arte radique en conducirnos desde la honda sensibilidad, que no conoce medida, hasta la emoción más inteligente, que lo tiene medido todo. Desde luego nadie podrá negar al Arte Flamenco el genuino sentido de la gracia, o si lo prefieren del equilibrio armónico.

DIVULGAR

Para cumplir con el mandato de difundir el arte musical andaluz, estos amigos, de antiguo amigos, se basan en actuaciones, en la convocatoria del Concurso y en la Escuela. En su día fue oferta educativa. Tienen muy claros los objetivos y las materias, los programas y los contenidos. Las alusiones que me afinan hacia el mundo de la oficialidad administrativa, a los despachos de las subvenciones y las programaciones, no es baldía. Reclaman más atención, dicen que en algunos casos ni existe; lo requiere una labor como es la de las peñas flamencas. La formula es tan sencilla como eficaz: un cantaor, un guitarrista, o unas grabaciones, y un comentador que inicia sobre el sentido de los tonos y los ritmos. La atención y la asistencia voluntaria son claves para afirmar la aceptación. Los más jóvenes, los estudiantes, asumen la riqueza de nuestro acervo cultural de manera práctica. Vienen a descubrir el arte del flamenco en su vertiente más limpia y creativa. Se enseña a escuchar, que en el mundo flamenco es fundamental, y descubren algo con lo que se convive en muchos casos. No deja de ser chocante, muy chocante, que tengamos que hacer misiones culturales en nuestra propia tierra andaluza e instruir sobre nuestra manera de expresar las verdades vitales. El que quiera entender que entienda; pero siempre hubo contaminación cultural.

La experiencia en el Centro Social del Junquillo fue alentadora mientras se mantuvo. Lástima que no continuara su ejercicio didáctico. Se empezó con una asistencia, voluntaria, de veinte alumnos y por un periodo de tres meses. El trimestre se convirtió en dos años y la concurrencia alcanzó el número de setenta. De entre ellos han salido profesionales del flamenco, no está mal como experiencia educativa. Y se ha logrado un considerable aporte humano, en cantidad y calidad; aficionados que saben estar, escuchar y asistir al desarrollo creativo de unas formas que parten de las músicas populares.

La pregunta es de un elemental que roza lo ingenuo: cómo, a partir de tan ricas experiencias, no se ha constituido ya en nuestra ciudad un Aula de Arte Flamenco. Es una invitación formal a la reflexión: deberían plantearse la vuelta a las aulas.

En cuanto al Concurso se sigue manteniendo porque entienden que es una de sus mejores muestras para conseguir los objetivos que se fijaron desde su fundación. Se ha cumplido la decimonovena edición desde que lo abanderasen, allá por el año setenta y nueve en que se inició. Esperemos que se cumplan los cien años de éxito en todos su propósitos.

La Línea Cultural,

27 de febrero de 2003

Punto Ribot

A vueltas con Punto Ribot

Empieza a preocuparme esto del Ribot porque me temo que se esté convirtiendo en mi manía obsesiva. Pero, como no creo que nadie elija sus manías ni sus fobias, al menos no en mi caso, tendré que asumirla para rechazarla o acostumbrarme a vivir con ella y rodeado de quienes la provocan. Estos suelen ser personajes que van y vienen, de confuso estilo y maneras de hablar; cierto es que son contumaces y de una tenacidad tan fastidiosa como efímera. Si no consigo organizar mis temores tendré que pensar muy seriamente en acudir a mis amigos psiquiatras; algo que no creo que ni ellos quisieran de buenas personas que son. Lo cierto es que cada vez que oigo Punta en vez de Punto Ribot siento una enorme descarga de no sé que especie. Es una misteriosa corriente que me electriza, aunque no me paralice. Efecto este que, en una ciudad de ambiente tan enrarecido como La Línea, se multiplica. Algo así como lo del efecto térmico o como el ruido y el mal olor de las alcantarillas que van a más.

Pero uno tiende a defenderse de sus propias manías aún sabiendo que los autodiagnósticos vienen a ser algo así como una automedicación; ya lo sé. Quién no se toma una manzanilla, de las de infusión digo, como panacea de todas las molestias digestivas. Pues como algo parecido, como si fuera un remedio de la abuela, me dispongo a sanearme el coco cuando alguien, que debería decir Punto Ribot, dice Punta. Y no es por la simple corrección del idioma, que puede llegar a ser maniática como bien se sabe por los casos que hay. Si me guardan el secreto he de decirles que me temo algo de más calibre, algo así como una falta de consideración a nuestro entorno, a nuestra cultura, a esta manera nuestra de llevar la vida, vamos que no son de los nuestros quienes así hablan. - Algún día, si me lo permiten, les diré cómo entiendo eso del lenguaje, la cordura y la vigilancia ante los desaprensivos que avasallan de tantas maneras.- Y, la verdad, esto crea un cierto grado de desconfianza. O tal vez sea que uno es linense de siempre, no de nuevo cuño, y siempre estuvo orgulloso de ello. Siempre.

Es indudable que lo nuestro, lo del Ribot, es Punto, es decir, un sitio o lugar; acepción catorce en el Diccionario de la Real Academia. Mi obsesión se vuelve compulsiva, y próxima a la crispación, cuando, en un alarde casi heroico de condescendencia, dejémonos de modestias, me pregunto por qué les dirán Punta; incluso así lo escriben ellos. Insisto en que las excepciones son bastantes; hay buena gente, noble y concienzuda, que lo es tanto aquí como de donde quiera que vengan.

La verdad es que no sé que Punta verán en el Ribot, pues lo que se dice punta... punta no hay. Y, como tengo que tragarme la tisana para continuar con aire funambulesco por estas apartadas y olvidadas tierras, caigo en la cuenta de que esos puntos filipinos no hacen otra cosa que evidenciar su malversación de intuiciones sobre nosotros. Es entonces cuando noto los alivios del placebo y suelo ver algunas cosas con cierta claridad. Es alarmante que gente que llega, y seguirán llegando, a nuestra ciudad ignoren nuestra elementalidad en su pureza; que pretendan de un vistazo, ante unas fotos amarillas y tras un garbeo por el Real de la Feria entender toda nuestra andadura y desandadura, nuestra perdida alma y nuestra pretendida igualdad con el mundo que nos rodea, nuestras muy justas aspiraciones resumidas en un pispás. Lo malo es que haya quien tenga motivos para creerse que es así de fácil y, mucho peor, que haya quien les siga aunque sea la corriente.

Cuando llego a este punto me consuelo y se disipa mi temor de incurrir en manías obsesivas. Recupero un cierto estímulo al pensar que no es que vea en esto sólo un error idiomático sino que hay algo más profundo en lo que se dice y en cómo se oye.

Europa sur, 27 de febrero, 2003

4 de febrero de 2003

Tremolea, Juan, tremolea...

( Trémolo por Juan Mesa)

Hoy, el viento de poniente, genio y figura, arremete en vendavales, despeina las notas y compases de toda música. Hoy viene, Céfiro disparatado, a enredar las cuerdas de las guitarras. Antes era el aire de levante el que las complicaba como pelo de bicho hirsuto; antes, cuando la Soleá enloquecía de mirar hacia poniente, de tanto pensar en el cruce con esta terca seguiriya. El tablao del ocaso, en esta hora, nos empequeñece, amigo; a la muerte que aún no conocemos tú le has puesto los últimos arpegios. Desde la Plaza de Fariñas - surtidores y palmeras - se ve Ronda, Ronda flamenca, la que bella duerme un sueño de bandoleros y venteras, la de las Rondeñas y Serranas de amor y huída. Huir buscando el Poniente... Lo nuestro es huir tras un sol que se apaga y que no muere. Quisiste llevar a tu ciudad hasta el tajo hondo de tu música y no todos entendieron el tono que te horadaba, que te empujaba al abismo donde se ha compuesto esta seguiriya que hoy embiste desde poniente. Quedan tus reales en esta playa y en esta plaza con un aire solista de entreacto. Tremolea, Juan, tremolea...

Hay patios que no mueren, que pueden más que la piqueta de este inútil, miope, sordo mundo. Qué sabe nadie. Si supieran escucharían el trémolo, endecha sesgada hacia la definitiva cadencia. Hay patios y rincones y enredaderas y gatos. Hay muchos gatos que con sus gatas maúllan a una luna, espejo muerto, que canta una plata de Romeras y Cantiñas por el luto de una orilla de diminuta nácar, de hierbabuena y una copa de solera. La luna que busca fraguas y perseguidos, la de los corazones solos en la hondura, duerme amortajada en un rincón de un patio, de una plaza, de una ciudad bien amada y abandonada, digan lo que digan los palmeros del guirigay. Acudían los chavalillos a tu tañido arrinconado al sol del patio que ya no se ve, con los sueños en los ojos, en las alas. Con el corazón en las manos y el alma cantándoles en la boca, más admiración que sonrisa, más sed que agua clara haya, asistían, como tantos maestros consagrados del arte andaluz hechos amigos, para encontrase con los borbotones derretidos desde las nieves hasta los jardines de araucarias nocturnas que, en tu corte de Fandango y Policaña, fueron diáfanas a toda hora. Casi ángeles, antes del descalabro de crecer, venían los niños y niñas linenses como jilgueros a buscar gotas de agua, de agua de beber. Y se bebían un estanque de aromas de nostalgia y de futuro. Antes había futuro, y se palpaba; cuando en el sol del patio las abejas invisibles hacían miel de Andalucía, de la que sabe a romero y a la flor del pensamiento. Aún zumban... E insiste la seguiriya por los contraluces de la estancia, estudio, jaula, estuche, vitrina y baúl que ya no existe, que cayó primero por no ver este momento, por no hundirse de dolor y seguiriya el día en que tuviera que velarte, amigo, maestro. Hay patios que prefieren caer antes. Por no verlo. “¿Es esa la seguiriya de Vallejo? : ‘Están tocando a misa en San Agustín’ Sí, pero aquella Malagueña de don Antonio Chacón” Tremolea, Juan, tremolea...

Bajo la espadaña señera y ante la pila de tu bautizo suena un aplauso litúrgico... Aplausos al artista, por bulerías al golpe, y por Padrenuestro al amigo que no se ha ido. Hay ángeles del mundo que dan voces por “La Cuadra” eterna, gritos por un firmamento a compás, con mucho compás y taconeo de aquella Lola del Cómico... Tremolea, Juan tremolea... De un coro de ángeles - cabeza de oro y diapasones de nardo - ha salido un ángel solista con una guitarra en la mano. Tiene limpia la sonrisa de un domingo de piñata de hace muchos años, su alma de cantiña y tango le clarea en la mirada, tiene el halo de quien ya ha aprendido ese compás, ese arpegio, ese trémolo secreto que es puente y es barco, que es caballo y es vereda, que es nieve de suprema blancura en la alborada de los cabales. Ya se va el amigo con el coro de los ángeles - es una panda de verdiales – entre nubes y aplausos que nos devuelven al gélido momento. Es un crudo oficio que se esperaba, pero que se ha consumado... tan temprano; como un trémolo en desvarío, como un sostenido en que las culebras de los duelos se agitan en sus nidos, galápagos ramplones con un arte sin pellizco. No sabrán mantener tu legado de desvelos. Mientras tremoleas, te oigo decir como decías: “Quien quiera entender que entienda” Y, mientras te ausentas, tú y tu solo, un salto de reptil, y su veneno, hacen acrobacias profanas en mitad de un silencio por seguiriya.

EuropaSur, 4 de febrerro de 2003

25 de agosto de 1999

Juanito Maravillas.

Que no te falte Gloria, Maravillas

Las tertulias se envalentonan y se aceleran por pendientes sin retorno. Los relojes se vuelven locos sin atender al tiempo real y giran como las veletas en los vendavales. Otra copita. El corazón calla mientras la charla se va espesando, hasta que el cantaor, en pleno ejercicio de maestría, declara: mira cómo hacía esto el que mejor lo ha cantao. Es una pena hecha copla y más se trastornan los relojes. Las botellas de peleón se camuflan en el jolgorio y se va logrando un fino con los tercios y los remates de los cantes. Los profanos blasfeman. El que paga quiere alegrarse. Nadie sabe los motivos y si alguno los tuviera se emborracharía conmigo. Es el reino del humo de tabaco y el carraspeo de las salías. Que no falte gloria. Otra copa. La espuela, que nos vamos. Viene, como se va, el perfume de una mujer de tronío, mezcla de olores y de aromas, ensoñación de otras mujeres de época, de las de los tiempos valientes. Mira si estaba borracha que hasta el vino de la copa se le caía. Ante el deslucido y mezquino mobiliario del establecimiento van surgiendo los mejores cantes del repertorio. El Chato sí que cantaba bien aquello. Gómez Sodi, como un orondo prelado, aguarda a que su verbo chorree por los compases huidos del pentagrama. Lo recogí siendo un niño. Es una monomanía eso de rodearse de lo mejor del cante, del mundo, en una noche de copas, tan terca como un personaje diestro en manejar el caballo y un maestro en refrescar manzanilla. Delirios por pertinaces hastíos; ganas de huir, un ratito aunque sea, de un agobio acostumbrado. A todos nos han cantado en una noche de juerga... Vallejo sí que hacia bien la seguiriya; ¿cómo era aquella de San Agustín? La llave de oro del cante va, brillando con mayor o menor fortuna, por las cerraduras de las cárceles del pecho; ya ahítos de vino y de nostalgias. De un cantar canalla tengo el alma llena... De mano en mano: la llave, la copla, la copa, el naipe, la cartera, un décimo de lotería, el carné porsiacaso, la melancolía en octosílabos, un sentimiento en los tuétanos, unas medias de seda para la parienta. Cómo era aquello del Torre de un refajo y unas enaguas de percalina. Otra copita. Ahora un cante más liviano. Quien hizo versos con su pena huye hasta los sueños del hedonismo inalcanzable, es el lujo de una jarana de tres cochinos reales. Tenía yo estas libritas reservadas... Una ronda anónima que habrá que descotar; luego, a la hora de ajustar cuentas con el tabernero somnoliento. Como tú no tienes ni velo ni mantilla, tú no puedes ir. Es el que mejor lo ha cantado... y una legión interminable de mejores se apiña tras los laureles que se otorgan entre picadura y tapas de charcutería. Aquí que no falte gloria bendita. Quién puede igualar el cante de Tomás, ¿y el de la Niña? Pero aquella malagueña de don Antonio Chacón. Cántate un fandanguito. El cantaor, acostumbrado sólo a los que saben escuchar su cante, se indigna. Sospecha improperio, irreverencia de profano, intimidación de falsas cabalerías librescas del tres al cuarto, un insulto al supremo arte del fandango; y se revuelve en defensa del rey chico del cante de quien se siente vasallo. Que del nío la cogí... El gran fandango, el natural, le otorgó los dones de su preciosa gama. Es como un juguete que mata, como una luz que ciega, como un vino que ahoga, como esa alegría que hace llorar. Cualquier cosa: la vida. El fandango es grande en su sencilla apariencia. Así era lo de la Perla, escucha y calla... El fandanguillero, se ilumina por fuera y por dentro, todo lo explica cantando y los ojos son resquicios endiablados de pavesas y humareda. El corazón, que es otro reloj que se macera en el vino fresco de los viejos tonos, galopa hacia el vértigo de un ¡ay! Inventario de las maneras del cante, porfía de aquella copla. Cómo era aquel remate... El mejor de los toreros. La mejor bailaora. El mejor vino. En aquellos días, a ciertas horas, hasta la penuria era lo mejor para las cosas del arte y las del querer. Cómo tocaba Melchor, Juan... A mí me tocaba muy bien el Granaíno, Vicente. Lo mejor del mundo: una cabalgata por el mostrador lleno de cristales escurriendo el empañado desgaste. Te acuerdas de Caracol: venga, cristal nuevo para esta copita, que voy a convidar yo a estos señores. Eso lo dijo en el Gran Brí. Gloria bendita para todo el mundo. Que no falte aquí de ná; que me voy a entonar por una soleá que le escuché a Marchena un día con Valderrama. Destemplado de copas y amaneceres, los calendarios pregonan cartuchos y nitratos que no entienden de estos tonos a compás: cosas de hombres y mujeres delante de una copa de vino, o a la reja de mocitos y rosas de abril y de mayo. Ni relojes ni calendarios entendieron nunca al cante; por eso siguieron su torpe camino de destrucción y de olvido. Dónde está el Maravillas. Oye Juan, dice éste que Marchena era un cantaor de mermelada. Ése no sabe escuchar. Despliega el cantaor su espléndido retablo de fandangos y milongas, de colombianas y guajiras, de vidalas y habaneras. Maniguas y cortijadas en los barandales nocturnos. Era un jardín sonriente... Era arrogante y morena... Mira, que cómo cantaba aquello Vallejo... Todos los cantaores de un pretérito marchito, todos los niños y las niñas de esta España-Niña, cantaora hasta más no poder, y más bailaora que todos los trompos del firmamento. Cómo era aquello del Niño la Huerta. No, eso era del Carbonerillo, del Palanca, del Frejenal. Y Tomás el papelista y el Lebrijano y Curro Pabla, que era el hermano de...Yo que sé... Copas de vino y emboquillados ingleses en cajas rojas. Dame que líe uno de los tuyos. Van y vienen cantes añejos y de dudosa solera. Un día de estos te quitan el pase. Unos y otros escondiéndose de lo que se canta. El Pastor Poeta y Federico se apuntan a las últimas rondas, ya se puede hablar de tó y no pasa ná. Romance a Córdoba... En el Mercantil tomando una de Pastora. En el fondo de las copas se estremece un recuerdo sucio de besos y arena creyendo que era mozuela. Es el momento de ir pagando e irse. El momento, que no la hora. Me da usté candela, amigo: El Nene. ¿Te acuerdas de Manolo el Chófer? Y de Campoy. La madrugada exige el despeje con un cafelito y una copa de aguardiente. El café del mercado, a la luz de relucientes máquinas doradas, sabe de madrugones de currantes y del parrandeo de medio tapón. Órbitas que se alternan ante el altar de las tabernas, porque los relojes se volvieron locos el día que los hicieron redondos. Sólo es uno el café, porque el aguardiente corre como el pensamiento por los barrancos de la locura por todo lo perdido y lo nunca hallado. La juerga, que llegó hasta la madrugada, empitona de mañana a los pensamientos abotargados de horas, de vino y de tabaco. La cabeza va colmada de versos redondos como los escotes, de arrepentimientos y de quien-pudieras. En la playa de levante se despabila el tiempo callado que se va hora tras hora. Ya se van retirando los de la harka curdela. Esta noche al cantaor no le ha lucido el arte. Mejor con amigos que con esos que no dan ná a nadie; quitan. El plomo se va haciendo plata en la mar, con la parsimonia de un tiento, hasta llegar el numen de todas las gemas. Juan, ¿y ahora, qué nos vamos a tomar ahora? Juan traga saliva como si fuera machaco y, arañando a la primera estrella su trémulo brillo, mira como si acabara de entender el mundo. La primera estrella es la misma que la última... y tiene nombre de mujer. Como amaneciendo, que lo está, se hace una nueva luz coronada de frutas y monedas. Te voy a cantar un fandango que acabo de aprenderme. Es una toná, sin toque. Es tanta su maravilla que me ahoga. Escucha, que me parece que así no lo ha cantado nunca nadie.

Hoy ha amanecido por Poniente, Juan. Te dejo en tu playa linense; me voy al curro. Que no te falte Gloria bendita, Maravillas.

20 de mayo de 1998

Bye, Frankie

Cuando desaparece una figura del cine, uno regresa a los espacios en que se entabló la amistad con el personaje, la asiduidad suele acabar en amistad. Volver a la sala es como una manía adquirida con el paso del tiempo, un ritual obligado ante los descalabros irracionales de la vida. Qué solos nos quedamos de estas ausencias.

En tan tristes momentos, y este es el caso del viejo Frankie, me refugio en los cines, imaginariamente, claro. Y es más lamentable cuando se advierte que ya ni los lugares del recuerdo quedan. Sólo con la imaginación se puede ir al entierro de tan buenos amigos. Penoso es comprobar que ya no existen los ámbitos en donde la complicidad se hizo tan viva como real es la ficción cinematográfica. El Imperial es un monumento al mutismo y a la declinación; los dos cines del Parque ya son pisos y una calle con vocación de vial. En cuanto al Cómico, mejor evitarnos el trance del comentario. Por igual motivo, nada diré que no sea nombrar al Cómico Jardín, Trimope o Trino Cruz, tan apetecido por las piquetas de los viales. Quedan sombras del recuerdo: San Bernardo, Levante, San Miguel, Miramar. Ante todas sus pantallas, hoy cegadas, hicimos amistad con lo mejor del mundo mientras nos ofrecían una realidad que vibraba allá lejos; un mundo que nos hacía sentir esperanzas y en su ilusión convivíamos. Algunos aprendimos algo, por poco que fuese; todos aspirábamos a una vida de película.

Es el triste hecho de la pérdida, aunque no del todo, de este monstruo sagrado del celuloide, del cantante americano digno de la antonomasia, La Voz, y de la excelencia de una larga vida de éxitos y buenos compañeros. Aunque no fuera de mis favoritos, justo es respetar los etéreos, circunstanciales, epitafios del momento. Incluso que se haya dicho, como un salmo, que fue mejor actor que cantante: vivir para oír. En este trance de decir adiós al viejo Sinatra, al compañero de aventuras, no puedo, ni quiero, evitar un cálido y fervoroso recuerdo por su Ava. No sé si sería correcto, en esta ficción con visos de realidad, decir su mejor viuda. Reconforta recordarla, pensar en aquella diosa carnal de la belleza más rotunda. La adorable y adorada Ava me obliga a acudir al lugar donde estuvo en vivo; allá donde sentó sus reales, por más que algunos piensen que eran irreales sus hermosos sentares y pómulos de embrujo. Era el efecto Ava Gardner, espectáculo garantizado. Permítaseme que, en este sentido recorrido de pésame, acuda a nuestra Plaza de Toros. En sus tendidos, si yo supiera en qué asientos, posó su encanto Ava y animó a las musas del toreo a ser más hermosas. El duelo aumenta al ver en el estado en que se encuentra el coso. Es para llorar sobre los restos de una actividad tan fenecida como los grandes que se van, dejándonos tan huérfanos de arte y de belleza como de espacios para cultivarlas. Descansemos todos en paz, por exigencias del guión de la maldita naturaleza en unos casos, y, en otros, por culpa de la barbarie articulada que nos hacina en pretendidas ciudades.

30 de marzo de 1998

INMACULADA CÁRDENAS

La ventura de la aventura

Siempre tuvo una apariencia serena al mismo tiempo que una chispa de especial actividad, algo así como de atención creativa. De ese modo puede manifestarse, eso dicen algunos, el tejemaneje de la sensibilidad cuando aflora. Es algo especial que tienen algunas personas: un resorte en la mirada, una pasta que se escapa en las actitudes... Algo envolvente, eso siempre, y que lucha por trasmitirse. No todas las personas que emiten signos así consiguen el éxito, en el caso de Inmaculada sí. Sin querer jugar a presagios ni profecías con posterioridad, quiero recordarla con esos resortes gestuales. Lo cierto es que aquella muchacha de vivaracha mirada y talante discretamente intenso, se nos dedicó totalmente a vivir un impulso que, desde adentro, le venía echando chispas por los ojos. Y se nos fue en busca de su ventura. “No soy agresiva, sí impulsiva y apasionada.”

La Universidad, una puerta hacia la aventura

Inmaculada es de esos linenses que se formaron lejos, como tantos que se habitúan a la lejanía de estos imanes sureños. Continúa un proceso iniciado por un camino de sonidos y armonías. Se licencia en Historia y desarrolla su tesis sobre el polifonista Alonso Lobo, monografía que publica la Universidad de Santiago. Una parte de su tesis doctoral, sobre la música barroca andaluza, es publicada en Barcelona por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas. De estos trabajos también publicará obras del polifonista, en la Universidad de Santiago, y música para teclado del siglo XVIII de Manuel Blasco de Nebra, en la Sociedad de Musicología de Madrid.

Se le abre el mundo mágico del flamenco, cómo pasar por ese universo de sonidos negros sin tomar nota. Y estudia guitarra flamenca, primero con Juan Mesa, en La Línea; luego, en Granada, con Miguel Carmona, de la casa de los Habichuela.

Su búsqueda la lleva a París “a seguir mis estudios académicos, entonces desconecté completamente con la creación.” Investigar, conocer, aprender para que su propuesta sea de lo más coherente, la mejor receta para quien quiera ser un auténtico artista.

Ya venía rondándole su destino cuando, al principio de la aventura, estudiaba música con Joaquín Vives y, luego, violín con Inés Dauny, en nuestra ciudad. Quién podría haber pronosticado entonces, quién iba a leer el destino... por muchos signos inquietantes que tuviera aquella muchacha. Aunque seguramente sus profesores, sus familiares, ella misma; Inmaculada estaba ya leyendo, interpretando, unos sonidos interiores que le movían a ritmo, a tiempo y a compases secretos que le estaban organizando la vida. “Me examinaba como alumna libre en el conservatorio de Ceuta.” De siempre hemos necesitado centros superiores de todas las artes en esta ciudad. Conformamos un pueblo, gente, que fluye hacia las artes, la cultura... Puede que ahí resida, en buena medida y en su desarrollo, nuestro futuro en común. Es cuestión vocacional, siempre. Continuó sus estudios musicales, carrera de piano, en el conservatorio Superior de Sevilla. Las distancias iban a marcar también su personalidad, el mundo se abría ante la muchacha con una invitación a la aventura de los descubrimientos. Más tarde, guitarra clásica, clarinete; dos años de órgano, virtuosismo con M. Castillo. La muchachita de ojos vivarachos ya estaba consagrada a la música. Sus claves secretas estaban aflorando.

La aventura del Teatro

Por su vitalidad y entusiasmo se ve avocada al barroco, lo cual es un rasgo en cualquier personalidad. Rasgo que en ella se manifiesta de manera arrolladora. Sí que es impulsiva y apasionada. “De la música barroca lo más sorprendente es la policoralidad desarrollada en San Marcos de Venecia por los Gabrielli y en la que los músicos españoles se sintieron muy a gusto.” Lo de sus aficiones por los músicos barrocos, no deja de ser una pista para quien sienta curiosidad por la vida y hechos de esta Inmaculada de los sonidos, por su crianza en el arte musical y por sus devociones. Ella sabe cual es lo mejor de cada uno de ellos: “De los grandes del último barroco... todos. Purcel, Händel, Bach, Vivaldi, Corelli...”, es como si dialogara con sus signos,“no podría elegir uno en particular” ¡Claro!

El mundo del espectáculo la tienta. Acepta el reto del español sentado, del que Lope de Vega advierte a quienes se acercan a la escena. Con “Esperpento”, grupo sevillano de los de teatro independiente, hace el montaje musical de una puesta de Goldoni. El proyecto de Inmaculada va cobrando forma, se define: “Me preocupa la recepción del público de mi trabajo. Quiero que disfruten, que se comuniquen con una obra que ya no es mía sino de todo el que la hace suya.”

En Granada se le iba a abrir de par en par la puerta dorada de la percepción, la flor arrobada de los arrayanes, en unos Festivales Internacionales: “Algo que me sorprendió mucho, la primera vez que lo vi en los festivales Internacionales de Granada (donde estuve becada dos años), fue, por una parte, la Cantata del Café de Bach, y también, la música francesa de Rameau. Era mi primer contacto con la música lírica y quedé enamorada.” Y continúa su lucha, enamorada de tan lírica aventura.
Pedagogía y Creación. La filosofía de lo Concreto

Mucho se podría comentar de sus actividades pedagógicas y su influencia en enseñanzas artísticas. Para acercarnos a sus contenidos y posibilidades haría falta un trabajo exclusivo. Si se puede resumir, habría que decir que es en Lugo donde realiza sus actividades docentes, y también está enamorada de este aspecto de su profesionalidad: “me inicié de la mano de François Delalande, director de investigación musical del Groupe de Recherche Musicale, del Institut National de l’Audiovisuel.” Durante su estancia parisina conoce a los grandes de la música electroacústica como Parmegiani, P. Mion, Bayle... “y con Lejeune, de quien recibí clases de composición.” Ya en España, encontrará gran apoyo en Llorenç Barber para continuar por las rutas que se propuso. Puede que lo más difícil para un artista estudioso sea situarse en su tiempo y saber tratar a los clásicos con todos los honores; pero en su lugar. Adolfo Nuñez, dice, ha sido de gran importancia para afirmarse en sus conceptos; “me ha apoyado y ha creído en mi labor pedagógica y compositiva.”

Ella confiesa entusiasmada que Sirena es lo más importante que ha hecho hasta ahora. Se trata de una opera basada en un texto de Torrente Ballester. Se ha estrenado la primera parte y espera concluirla en este año.

El Ayuntamiento de Lugo le encargó la música para una coreografía de Juan Moredo que se estrenó el pasado mes de julio y que se repone en octubre, abriendo las Fiestas Grandes de la ciudad. Es un montaje de ballet, en dos partes, realizado por ordenador y que se titula Muralla

O Museo, concebido y realizado en el Reina Sofía, “desde la primera vez este Centro de Arte, luego museo, tuvo en mí un efecto musical inmediato.” Se trata de una obra electroacústica y todo el material utilizado ha sido realizado en el propio museo por Inmaculada, ella nos lo introduce así: “Los museos suelen ser en general lugares vivos, no sólo por las obras de arte que contienen, sino por sí mismos.”

Ante la música concreta: “... claro que es una concepción del mundo. Cuando tú aceptas que una lavadora es una caja de ritmos, has cambiado tu concepción del acto de componer. En el siglo XX la aventura es completa y por tanto obliga a buscar al artista nuevos sistemas de expresión. Los anteriores habían heredado un sistema formal y eso indudablemente les facilitaba las cosas en muchos conceptos” Habla desde la firmeza de quien sabe por qué veredas se desenvuelven sus pasos, conoce qué brisas debe aprovechar de ese vendaval de sonidos de la creación.
Desde Galicia

Lugo, La Universidad de Santiago, es de momento su paradero. Allí se realiza nuestra Inmaculada entre los dulces airiños y el limón nuestro. “Es en Lugo donde fundo el grupo Espacio Permeable.” Desarrolla un trabajo experimental, sus componentes no son músicos, y que toma forma en el espectáculo Concierto para Esculturas. En 1992, editaría un bello y excepcional disco compacto por la Fundación ACA de Mallorca, que recoge el trabajo de este Concierto. Está orgullosa de su grupo, como cualquier criatura de la escena lo está con su equipo. Ella lo promueve y lo afina para obtener grandes satisfacciones con respecto a su trabajo creativo; la formación de este grupo es el primero de ellos.

En la actualidad desarrolla un trabajo de investigación sobre espacios naturales y artísticos con otro grupo, esta vez con músicos. Se trata de GCMUS (Grupo de Creación Musical da Universidad de Santiago), fundado, en 1996, y dirigido por Inmaculada. Con ellos estrena Sirena y Monasterio Suite con la especial colaboración de los monjes del monasterio de Sobrado dos Monxes, al que está dedicada la suite.

Y le gustaría venir a ofrecernos una muestra de su arte, ¿algo del imán de los peñascos y la arena? Sus trabajos en la pedagogía musical la tienen prendida a esa Galicia musical, cantarina; tierra tan maternal como una nana con perfume de fandango. Le va a su carácter esa gaita que al sol se hace chirimía y quiere andar el mundo, pero por sus más anchos corredores. Su alma soñadora confiesa: “Mi deseo es un año sabático y recorrer el mundo, Vietnam, China, Islandia. Japón, Australia, Africa” Piensa en la ciudad de Petra, y no sé si será una clave barroca. No es arriesgado predecir que nuestra Inmaculada, esta linense de venturas y aventuras, se paseará por el mundo buscando, entre silencios y sonidos, el tono de su ideal de música. E irá buscando para ofrecerlos, organizados, en su más interesante y sincera valoración creativa. En un esfuerzo por descubrir la belleza y anotarla: “El esfuerzo compensa siempre, eres poderosa encima de un escenario, tú eres todo, todo lo que quieras.” Esta reflexión lejos de ser una frase hecha, es toda una concepción, serena y segura, del trabajo de un artista ante el público. Es el inicio de una de las mejores lecciones que pueda ofrecerse a los aprendices de brujo, a los que se inician en el hechizo de la escena.
La ventura de Inmaculada

Ante lo bronco de nuestro mundo y las contradicciones de nuestros ordenes, la serenidad se refleja en sus opiniones: “Ante el caos, lo que se puede hacer es ordenarlo. Lo futuro lo veo con alegría, con serenidad. No tengo prisas, no quiero más de lo que la vida me ha dado, me considero una persona muy afortunada, una privilegiada.” Sería interesante, bastante, oír sus opiniones sobre estos asuntos; que nos desvelara sus experiencias, pues prometen ser ricas en aventuras e intrigas creativas. Este asunto se escapa a la intención de estas líneas que sólo pretenden advertir sobre la vida y venturas de esta linense aventurera de inspiraciones musicales. Esperemos la ocasión de oírlas de ella misma alguna vez. Bueno sería contar con su presencia en algún foro musical de nuestra ciudad. Es preciso hacer un seguimiento de nuestros artistas desperdigados, “enviados y representantes” de nuestra incomprendida vocación cultural… Somos los mejores pierde-talentos del país; y con muy poco esfuerzo.

Se atreve uno a pensar, desde la admiración, que aquella muchacha se está aproximando muy finamente a la felicidad. Me alegro por ti, amiga mía, aunque sea lejos de nosotros.

La Línea Cultural, primavera de 1998    del 98