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25 de julio de 2015

Francisco Tornay de Cózar, hijo predilecto de la Ciudad de La Línea de la Concepción.



Señor Alcalde, Señores Concejales, Autoridades, paisanos, señoras y señores

Mi primer recuerdo de Paco Tornay se me dibuja en mi infancia. Yo acudía con cierta frecuencia a La Rosa, la papelería y librería de la calle de Las Flores, bien cumpliendo algún encargo de mi padre o bien en busca de algún tebeo o de algún libro, que ya empezaba a aficionarme a la lectura. Y sí recuerdo, vivamente, como remoloneaba si en esos momentos había tertulia. Casi siempre el tema era de películas, de obras de teatro, de fotografía; y, sobre todo, de personajes de la vida cotidiana que tuvieron alguna relevancia, bien por la extravagante anécdota o bien por el hecho de ser considerados insignes vecinos dignos de admiración; también de la época buena de La Línea, aquella que pasó y no ha vuelto… Todos aquellos temas me interesaban enormemente y me atraían hasta el asombro; pero siempre desde un silencio respetuoso… cosas de entonces.

De entre los contertulios destacaba sobremanera uno; no era muy mayor entonces, pero para un niño veinte años por encima es toda una vida. A este señor daba gusto oírle y todos le atendían con agrado y respeto, no digamos de mí que estaba anonadado ante tanta sabiduría al alcance de la mano. Ese señor era Paco Tornay, y el contenido de aquellas tertulias desvelaba nuestra identidad a través de una serie de personajes, linenses o gibraltareños, y de hechos que configuraron la personalidad de este Pueblo, desde la lucidez o la torpeza manifiestamente juntas, con aciertos y errores, con hilaridad o dramatismo. Ante mí se abría la grandeza de buenos vecinos, de olvidados por la Historia, sí; pero esforzados campeones de la invención de esta ciudad. La admirable construcción de la ciudad que requiere nuestro Pueblo, y no me refiero a ladrillos precisamente, con una constante que iba a prevalecer siempre sobre cualquier rasgo, sobre cualquier otra característica: el perfil solidario, tolerante y acogedor de este Pueblo.

Más adelante, ya crecido y ambientado en los temas antiguos de La Línea, tras haber indagado por mi cuenta con maravillosas lecturas que había encontrado por casa, me atrevía a hacer preguntas a D. Francisco Tornay de Cózar, siempre Paco Tornay. Sin querer molestarle, tuve el atrevimiento de interesarme por temas y momentos de nuestra Historia. Y Paco siempre derrochaba su sabiduría y consejos con una familiaridad que daba confianza, ejercía un magisterio desde el más elemental de los sitiales de la didáctica: la sencillez. Siempre fue, Paco Tornay, asequible para quienes se acercaban a él en busca del conocimiento de nuestra Historia. Y él lo divulgaba con generosidad.

Hay un antes y un después de Tornay. Antes, hubo textos, recortes de periódicos, mapas, cacharros y artefactos, armas oxidadas y fotografías amarillentas, herrumbre y olvido, actas municipales y documentos inaccesibles, referencias a lejanas colecciones y museos, objetos, verdades y fantasías sobre nuestra Historia, también algunos libros de no muy fácil localización. Después, hay un buen puñado de linenses que continúan la labor que él inició; desde que Paco Tornay mostró el camino de entre los cachivaches hasta el conocimiento profundo. Existe el Archivo Municipal, su gran obra. Desde 1991 Francisco Tornay, fue el responsable del Archivo Histórico Municipal, con el título de Archivero Honorífico Municipal de La Línea, que le fue otorgado por una sesión plenaria de la Corporación Municipal. Fue Concejal Delegado Especial de Archivo, Museo y Biblioteca durante los años 1983 y 1991. Un después en que existe un rigor y que nuestro Paco Tornay supo impulsar desde su incansable labor, su tenacidad y la sencillez de un hombre pacífico que pretendía el conocimiento y el sentido de la vida desde la elementalidad de lo cercano. Labor incansable que mereció y merece nuestro respeto; y, es de esperar, el compromiso de quienes nos gobiernen, hoy y en lo sucesivo, de velar y hacer valer el conocimiento de nuestra Cultura, para que los hombres y mujeres de este pueblo sepamos quiénes somos y, a ser posible, adónde vamos..

Paco Tornay ha escrito cerca de un millar de artículos como colaborador en las revistas "Carteya", "Alameda", "Almoraima" del Instituto de Estudios Campo gibraltareños. Algunas lamentablemente desaparecidas o como la de la Fundación Municipal de Cultura de La Línea, "La Línea Cultural", vilmente degollada. También fue colaborador en los diarios "Área" y "Europa Sur". Recuerdo con especial devoción una serie que tituló “Radiografía de las calles linenses”, entre tantos otros.

En cuanto a cargos, laborales, culturales y distinciones, podemos enumerar los siguientes: Cofundador y socio de honor, de la Agrupación Fotográfica Artística Linense (A.F.A.L.). Como archivero, participó en las Jornadas provinciales de Archivos Municipales celebradas en Sanlúcar de Barrameda en 1986, y en Cádiz en 1987, organizadas por la Excma. Diputación Provincial. Miembro de la finiquitada Fundación Municipal de Cultura de La Línea, y del Instituto de Estudios Campo gibraltareños, Mancomunidad de Municipios, -Sección Segunda- de Arqueología, Etnografía, Patrimonio y Arquitectura. Igualmente perteneció al Ateneo Literario, Artístico, Científico y Marítimo "José Román" de Algeciras.

Participó en las II Jornadas de Historia del Campo de Gibraltar, celebradas en La Línea en 1994, con la ponencia; "La Navegación a Vapor y el Puerto de Gibraltar" En la Primera Jornada de Archivística del Campo de Gibraltar, celebrada en San Roque en 1995, con la ponencia "El Archivo Histórico Municipal de La Línea de la Concepción", organizada por el Instituto de Estudios Campo gibraltareños.

En cuanto a las distinciones que recibió podemos destacar la medalla de la Paz del Reino Unido que se concede a quienes lucharon por la Paz, otorgada en Gibraltar, año 1995, por un grupo de amigos gibraltareños en nombre de la Legión Real Británica. Este galardón se concede a todas aquellas personas que de alguna manera participaron, o colaboraron, con la causa aliada en la Segunda Guerra Mundial. Le fue otorgada la Placa de Plata de la provincia de Cádiz, impuesta por el Presidente de la Excma. Diputación Provincial en 1996, en reconocimiento a la labor de archivista llevada a cabo en su ciudad, La Línea de la Concepción. Se le concedió La Uva Cultural 1998 de Radio Algeciras Cadena Ser. En 1998 se creó la "Casa de Oficios Francisco Tornay", dedicada a la enseñanza de temas relacionados con archivos, encuadernación y restauración, y en su honor tomó su nombre.

Para dejar constancia de su producción, es preciso citar sus publicaciones: "La Línea de Gibraltar". Origen Militar de la Línea de la Concepción 1730-1810". Editado por la Diputación Provincial de Cádiz en 1983. También por la Diputación Provincial de Cádiz, en 1997, publicó "Gibraltar y su Prensa". Tito Benady tradujo al inglés un artículo suyo, "El General Castaños. El Campo de Gibraltar y su Relación con los Ingleses", para la revista HERITAGE, Revista del Patrimonio Artístico y Cultural de Gibraltar. Más tarde vendrían otras obras como: "Las Calles de La Línea", "Obreros del carbón Mineral en el Puerto de Gibraltar", "Historia de la Prensa en el Campo de Gibraltar", en este libro me confirió el honor de ser prologuista sin yo tener ningún mérito para ello; pero así era nuestro querido Paco Tornay…

Para mí, que siempre estuve atento a sus trabajos, lo más admirable de Francisco Tornay de Cózar es una virtud que merece, con mucho, la distinción que hoy recibe. Tras hacer un cálculo de sus publicaciones y reconocimientos, hay algo que debe destacarse para ejemplo de quienes quedan y quienes están por venir en este maravilloso espacio de luminosidad constante entre dos mares. Me refiero a su tenacidad, al empeño por saber más, al afán de ampliar sus conocimientos en un esfuerzo que le hizo superar circunstancias que no fueron las idóneas. Paco no pudo terminar la instrucción primaria, pero se vio en la necesidad a asistir a clases nocturnas en escuelas privadas. Por esa circunstancia, él se considera un obrero autodidacta, con toda la aureola de liberación personal que sugiere el concepto. Embarcado en esa aventura del aprendizaje, estudió encuadernación y periodismo por correspondencia, entre los años 1956 y 1961. Igualmente aprobó el curso de Auxiliar Administrativo organizado por el P.P.O., en 1969. Por su apasionada afición a la Historia, se especializó en el estudio e investigación histórica del campo de Gibraltar, preferiblemente de La Línea y Gibraltar.

Ese su espíritu de superación le elevó hasta hacerse con las precisas herramientas para conseguir sus objetivos. Y tras la superación y el esfuerzo ante las dificultades, que las tuvo, entregó generosamente sus frutos a un Pueblo que amó sinceramente, Pueblo que también siempre le reconoció como a unos de su más preclaros vecinos. Siempre recordaré a Paco Tornay como un hombre que supo ganarse el afecto con afecto, derrochando sencillez y amabilidad. Yo siempre recordaré a Paco Tornay como un amigo feliz, el que supo ordenar los cachivaches de sus desvelos para llegar al conocimiento de los hombres y mujeres de La Línea en su entorno natural.

En una ocasión le pregunté a Paco por una insignia preciosa que yo había visto en la solapa de algunos concejales y alcaldes. Naturalmente, Paco libro abierto, me dio detalles del tema. También me dijo que ya no quedaba ninguna y que no se habían encargado más. Pero Paco me miró con sus ojillos de buscador de tesoros. Debió adivinar mi ilusión por hacerme con una de esas insignias con el escudo del Ayuntamiento de La Línea y me dijo, como si estuviera hurgando entre recortes y fotografías, que creía tener idea de donde podría tener una. Me dijo: “Tu la vas a tener”. No puede imaginarme, entonces, que la llevaría con todo orgullo en este día en que he tenido el honor de hablarles en esta Casa Consistorial, aunque a grandes rasgos, de un gran linense, digno de todos los honores y de figurar con todo merecimiento en la ilustre galería de nuestra memoria colectiva.


Augusto García Flores, 25 de julio de 2015


12 de marzo de 2015

Juan Mesa Serrano

Vino, sentimiento, guitarra y poesía,
hacen los cantares de la patria mía...
Cantares...
Quien dice cantares, dice Andalucía.

Así comienza el poema del andaluz Manuel Machado, Cantares. Y así enlazo, con este poema que tanto quería Juan Mesa y era una de tantas reliquias que lucían en las paredes de La Cuadra. Aquél recinto sagrado, tan bien mantenido en la Peña Flamenca Linense, que fue su estudio, su fragua y su bodega. Porque allí meditaba sobre los quilates de los sonidos negros, allí, sobre el yunque de su guitara y el fuelle de su talento, fundía y bruñía los resortes mágicos de la muy alta musicalidad andaluza; allí conservaba y mantenía las profundas soleras del sueño y del desgarro, de la pena invencible y de la alegría triunfante.
Allí, Juan vivía La Línea con su arte, y desgranaba las uvas de una parra inefable, porque el arte de la guitarra no se puede decir, es un llanto y una risa para sentir; que sólo puede traducirse, como torpemente intento ahora, aunque no se trata de eso. Y Juan lo sabía, lo había aprendido desde que era un niño. Su arte era una soledad que se hace multitud en espacios verdaderos. La Cuadra, siempre abierta a sus amigos, entre las soleras de un arte que huele a vino limpio y esperanza luminosa. No es que le arrancara a la guitara la vida que ciega y alumbra, él le daba ese calor luminoso que todo lo ciega y todo lo calla.

Cantares...
A la sombra fresca de la vieja parra,
un mozo moreno rasguea la guitarra...
Algo que acaricia y algo que desgarra.

Sentimiento profundo de un linense cabal, ejemplar por su dedicación al arte inmortal de Andalucía y por su dilatada labor de docencia musical.
Juan Mesa fue un maestro respetado, querido por sus discípulos y por todos los artistas que le conocieron y reconocieron su magisterio. Dentro y fuera de La Línea, afirmó su prestigio y confirmó su amor por el arte flamenco, y por su pueblo. Cuando las grandes figuras del cante actuaban en nuestra ciudad, no dejaban de visitar a nuestro Juan Mesa. Eso lo saben todos, y muchas cosas más que sería prolijo enumerar en esta humilde sempblanza, pues de todos son conocidas sus grandes dotes de embajador y recepcionista. Durante una gira por Marruecos con un recital de Cante y Poesía, apareció un artículo en España de Tánger con un titular: “Andaluces de La Línea”. Y, Juan Mesa estaba más orgulloso con ese titular que con todos los éxitos y aplausos que cosechara… Andalucía, La Línea. Siempre viviendo La Línea, consciente de la vocación del andaluz, que no es otra que tutearse con el mundo entero desde el rincón de Andalucía que le vio nacer. Asimismo, en sus conciertos y actuaciones, por donde fuera, ponía bien alto el pabellón de nuestra ciudad. Su Pueblo, al que tanto quiso y que tanto le quiere a él. Yo le decía que era como la procesión del Corpus, que se va parando en todos los altares; porque, con él, no se podía ir de un tirón desde la Plaza de Fariñas hasta la calle Real; eran continuas las paradas para saludar a unos y a otros… Juan disfrutaba con su gente, y su gente siempre le consideró y le concedió la predilección que hoy se le otorga en este acto… Entre todos los méritos de Juan Mesa, yo considero uno que, aparte de su linensismo, le hace valedor del gran honor que hoy recibe: su dilatada dedicación a la enseñanza. Toda una vida dedicada a tantos niños y jóvenes linenses que acudían a él para recibir la maravilla de un legado cultural. Compartió con todo su hallazgo del tesoro del Alma Andaluza. Sembró y recogemos.

Hay que felicitar a los responsables de tan certera concesión, que a él le hubiese gustado vivir, sin duda. Pero, Juan Mesa ya era uno de los hijos predilectos de La Línea, antes de recibir hoy tan preciado y justo homenaje. No había más que verlo en su salsa, rodeado de la admiración, del respeto y del cariño de sus paisanos. Ahí va un linense de verdad, se decía de él. Y cómo vivía la emoción profunda de ser linense. Una emoción que trasmitía a quienes tuvimos la gran suerte de conocerlo. Pero Juan Mesa no era de esos linenses a ultranza, de aquéllos de nuevo cuño y dudosa devoción. Su amor por La Línea era crítico, como él lo era para su arte. Él le cantaba, por soleares, las verdades al mismísimo lucero del alba. Todos lo saben. Por eso, su amor por La Línea y por los linenses, tenía la dimensión mágica de la verdad. Juan Mesa era de verdad; artista, maestro, amigo de verdad… Linense de verdad. No es tarde para decírselo… Y continúa Manuel Machado en su Cantares, lo que él solía repetir:

No importa la vida, que ya está perdida.
Y, después de todo, ¿qué es eso, la vida?...

En su Cuadra eterna, Juan Mesa, hoy es un ángel feliz enseñándole arpegios y escalas a todos los luceros que se asoman tras los barriles y vitrinas a contemplar a un Pueblo agradecido y feliz por haber contado con un linense valioso y maestro notable del Arte andaluz por excelencia. Y en esta víspera del Día de Andalucía, brillarán con más fuerza los versos finales del poema que tanto amaba:

Cantares. Cantares de la patria mía...
Cantares son sólo los de Andalucía.

Cantares... hoy, rodeado de sus mejores discípulos es el linense feliz que vive en Plaza Fariñas veintitrés, en la Cuadra que aún existe y seguirá existiendo recreada por sus amigos y alumnos. Y con esa alegría nos dirá ahora, con su guitarra en el reflejo de sus discípulos y con las palabras de Manuel Machado: “No tiene más notas la guitarra mía”.

Gloria a un gran linense, Gloria a Juan Mesa.

Juanito Maravillas

A principios de los 50 del siglo pasado, llegó a La Línea Juan García Alcalde, y llegó para quedarse. Nacido en Villaviciosa, Jaén, ya traía puesto el nombre que le dio fama: Juanito Maravillas. Venía curtido en mil funciones por los escenarios de España junto a los mejores cantaores de la época. Traía un don, un privilegio que concede la Gracia a las criaturas que van por la vida cantando. Y cantando, en La Línea desplegó su arte, un arte antiguo y profundo que vibraba en su garganta con los diapasones floridos de su voz característica; con su manera personal de entender este arte nuestro que llamamos Flamenco. Y, aquí con su arte, conoció a Teresa, y con Teresa afirmó los cimientos de una familia. Con su arte llegó y con ese arte permaneció en La Línea… hasta hoy.
Juanito Maravillas vino de una España cenicienta y abatida que, en aquélla época de fritanga y pirriaque, encendía las diablas de un arte monumental en un despliegue por los teatros de toda la geografía; un arte que iluminó durante décadas las vidas y los milagros por vivir. Llegó a una ciudad que, a pesar de los apagones y las estrellas de carburo, brillaba con una luz que la diferenciaba. La Línea, distinta y arrebatadora, era entonces aquélla ciudad que fue la nostalgia de nuestros mayores. La mejor ciudad del mundo, el mejor sitio para vivir. Bullicio, alegría, futuro; y en los claroscuros de la época, chorros vitales a todas horas... Todo lo absoluto que un día se hizo relativo. Aquella ciudad, amante del arte y de los artistas, encandilaba a propios y extraños con un sentido muy peculiar de su existencia entre dos mares, y a la sombra del Peñón. Una ciudad con una gran personalidad, restos quedan, que hizo suyo a Juanito Maravillas para siempre. Y él encontró en La Línea su lugar y su destino. Juan García Alcalde, el Juanito Mantola de Villaviciosa, fue, y es, un linense "con el sol como divisa". Un linense que derrochaba su don y, con su personalidad, vivía el Cante Flamenco; un arte andaluz que en aquél entonces primaba sobre todas las cosas. Entró a formar parte, por derecho propio, de esa amplísima galería de artistas y aficionados linenses; a experimentar este gusto por la vida y ese derroche de sal, alegre y viva, que destilaban las calles de La Línea; y que fue la admiración de los vecinos y de aquellos que se acercaban imantados.
Si Maravillas venía de la alta escuela de los Pavón y de Vallejo, de Marchena y Valderrama; desde la pontifical Villa Rosa entre grandes figuras del cante, del baile, de la guitarra, vino a quedarse en La Línea, a ser linense. Desde las tabernas y tablaos, desde teatros y plazas de toros de toda España, desde reuniones de cabales o profanos, hasta las recogías en el Tánger, o el Chiquilín, o el Agua Pato. Alternaba sus giras por toda España con las estancias en La Línea, en su casa, en su pueblo... Cantando por su pueblo, participó en innumerables festivales benéficos en el Parque o en elTrino Cruz… Abundaban artistas, y aficionados, que compartieron escena con Juanito Maravillas, entre otros Brillantina, Paco Torrejón, El Terry, Agustín Pol, Manolo el Chófer, con la guitarra del maestro Vargas, de Juan Mesa; además de las actuaciones de elenco en el Amaya o en el Cómico, en funciones que eran muy frecuentes entonces con los artistas más prestigiosos del planeta cantaor.
Si Maravillas traía en la médula a sus maestro vivos, Marchena, Valderrama, El Pinto, El Mojama, y tantos estilistas del fandango que pululaban por aquella España de tronío y penuria, de descorche y señorío; aquí se encontró entre artistas de gran solidez como Chato Méndez, La Paca, Los Jarritos, y El Chaqueta al frente de su corte de sabios del Cante… Y con un Dominguillo, nuestro Domingo Gómez Sodi, que le fue arrimando letras como quien va echando ramitas de romero a una hoguera que no iba a consumirse jamás.
Maravillas conocía todos los palos del flamenco, había escudriñado y llegado a la almendra del Cante, unas veces dulce y amarga otras. Conocía los registros musicales del flamenco, no le faltaron los mejores maestros. Ni detractores que consideraban al fandango como un arte menor, un cante chico. Esos aficionados, buenos sin duda, cabales sólo por sus preferencias, que buscando la grandeza del Cante no oyen la grandeza de quien lo canta. Yo he tenido la suerte de oírle cantar por “to lo jondo”; él conocía los estilos y las maneras de los pontífices del cante. Juan, nuestro Juanito Maravillas, tenía un talento musical que sólo otorga la Gracia a sus hijos más queridos. Se paseaba por la calle Real con unos Tientos o con una Seguiriya, con Tangos o con Soleares, lo mismo que hacía galas por toda España con Vidalitas, Milongas, Guajiras y Fandangos, “jondos” o ligeros, esos llamados fandanguillos que tanta fama le dieron. Pero el Maravillas, desde su talento chispeante, sabía cuál era su cante y encontró su propia dignidad. Cumplió con el deber sacrosanto de todo artista: Buscar hasta encontrar su propia voz y sustentarla en su estilo. Lo mismo que encontró en La Línea su escenario más grande, el de la Vida ante este milagro de claridades sonoras mirando a los mares, aunque sea de noche. Entre sierra Carbonera y el peñón de Gibraltar, iluminado con este cielo y con la calidez de la acogida linense, elevó su personal edificio musical. Y elevó con su Teresa, y con sus hijos Dora, Concha y Juan, un recinto afectivo, un refugio tras la constante y a veces dura briega con los imponderables mihuras que acechan en las esquinas y reboticas de cada actuación. Y aquí, entre nosotros, disfrutó del respeto y la consideración en la misma medida que él profesó por La Línea y por su gente. Esa combinación perfecta no podía fallar.
Es de justicia que su memoria se vea glorificada hoy con este honor. Juan García Alcalde, nuestro Juanito Maravillas, se sentiría gozoso. Habrían acudido aquí, con nosotros a este salón de plenos, todos los grandes artistas que en su mundo fueron; salidos de los rancios carteles que ilustran la historia del Cante, para rendirle homenaje y reconocimiento. Y él, con su voz de hedonismo exultante, henchido de alegría, nos dedicaría un cante eterno con el melodioso prodigio de los ángeles que saben cantar los cantares de Andalucía… No sin antes exclamar su grito jubiloso y vitalista:
¡Que aquí no falte Gloria! Gloria a ti Maravillas.

28 de febrero de 2011

Juan Mesa. Plaza Fariñas, 23

Plaza Fariñas, veintitrés,

surtidores y palmeras.
Hogar de "cante" y guitarra,
"tablao" de Juanito Mesa.

Así comienza el poema que Solly Azagury dedicó, en 1969, a Juanito Mesa en su tablao. Creo que este poema es el que más le gustaba a Juan… al menos era uno de sus preferidos. Y realmente, por obra y gracia de un birlibirloque, tal vez por mediación de algún duende flamenco, nos vemos trasportados hoy a aquel rincón tan nuestro de Plaza Fariñas, 23. La Cuadra, recinto entrañable, y no sólo para los amigos de Juan. Valorado y digno de recordar, porque “lo que solloza el bordón aquí la prima lo alegra, y la "soleá" se alivia si el fandango la corteja” como continúa el poema.

Para quienes hemos vivido La Cuadra, y La Cuadra con Juan, es fácil imaginarse que tras esa puerta de ahí… Está Mercedes Moreno con Carrillo, y los Blanco, bajo aquella prodigiosa enredadera donde las lagartijas quedaban hipnotizadas al sol de un trémolo por soleá… O nos llegue un ronroneo de gatos que han aprendido escalas y arpegios mientras Ángel Mesa los pastorea al compás de un ronroneo superior… O escuchamos a Toti Mesa que avisa de una llamada de Múnich porque, este carnaval, Juan dará conciertos en Alemania; y Juan volverá, maravillado de la cultura musical de los alemanes, realmente entusiasmado y colmado de reconocimientos hacia él y su arte… Más tarde, a la hora de los cabales, llegará Miguel Mesa, que siempre llega más tarde... Y llegará Lola “la del Cómico” con Manolo el Chófer, y la Paca a cantar una malagueña de su padre, “el cojo Málaga”, y el Fósforo que está montando con Juan una siguiriya antigua… y Paco Clavero con Ani,… Hoy no faltará Manolo Blanco que trae un saludo de Marchena para Juan, ¡Ay, Romance a Córdoba! Imaginar es fácil y es necesario… Vendrá “Juanito Maravillas” con Valderrama, que va a grabar el fandango de Chato Méndez y Juan le dirá como era la cantiña del Chaqueta… Recordarán cómo Camarón, siendo un niño, venía por La Cuadra… Y luego llegará Luis Mañasco con Mari, seguro que con una caja de polvorones, porque para Luis empiezan con la Inmaculada y no se sabe cuando acaban. Luis se sentará debajo del retrato que le hizo a la Niña de los Peines con colores por bulerías… Es tan fácil figurarse que venga esa niña tan grande, tan señora del cante, tan admirada por Juan y por Luís… Y ¿Quién no?… Seguro que viene doña Juana Reina con su Federico, el Caracolillo; bailarán sevillanas de las del rancio aroma a Puente de Triana, acompañados por Juan y sus elegidos. Alejandro Gómez, el niño de Loren Chacón, ya está echando a volar un campaneo serrano de “Ronda flamenca”… Y tantos alumnos de Juan que aparecerán en este día: Inmaculada Cárdenas, Juan Becerra, Angelín, Juan Carlos Hoyos, Méndez,… Tantos. Incluso alumnos de estos discípulos suyos como Tania. El mejor regalo a un artista es la imaginación… Imaginemos; porque nos hemos reunido para organizar la celebración del cumpleaños de Juan… Que no es hasta el año que viene, ya que Juan nació un 29 de febrero, y esos cumpleaños se celebran cada cuatro… Así de joven se estuvo manteniendo Juan…

Y es muy fácil, créanme, al traspasar ese portón de Plaza Fariñas 23, oír aquel cuchicheo de cuerdas y golpes de caja, como un enjambre de abejas alrededor de las mieles flamencas… Juan y sus alumnos, niños nuestros, como mi hijo Pablo, que aprendieron con él los secretos de la verdad sonora de Andalucía… Cada uno, de quienes hemos tenido la suerte de vivir La Cuadra, tendrá su vívida imagen, la que la memoria mantenga y gracias a la personalidad del admirado amigo Juan Mesa. Juan Manuel Ballesta Gómez, uniéndose a la admiración y el respeto que sus amigos teníamos para él, nos lo deja así de bien dicho: …“los que han tenido la enorme suerte de pasar por este estudio, los que se han beneficiado de tus tertulias y amistad saben que "La Cuadra" está más cerca de una cueva del tesoro que de la simple frialdad de un aula-museo, y su celador, Juan Mesa, es tan imprescindible como irrepetible”. Irrepetible. Imprescindible para que, en el futuro, nuestra gente contemple en esta reconstrucción, sobre este trasplante de recuerdos, la imagen de su valiosa figura y su memoria. Juan-Guitarra, Juan-La Cuadra.

Quienes no la hayan vivido, quienes vengan detrás de nosotros, y quieran iniciarse en el conocimiento de este milagro que fue, sigue siendo ahora, La Cuadra, que lean en estos recuerdos porque son una guía de sensibles trazos, donde hay sincera admiración. De todos los hijos ilustres de éste pueblo, Juan Mesa es de quien más se ha escrito, de todos: En prensa, radio, poemas, artículos, entrevistas… Y él quiso a los linenses con su corazón y con su inteligencia; y, algo que puede parecer dificilillo: se vio correspondido… Por todos, seguramente; ¿del todo? no lo sé… Quizás los nuevos linenses, los que han de venir y que serán mejores, entiendan su persona y hagan que su personalidad figure junto a los primeros y más notables hijos de La Línea. La distancia no siempre es olvido, también es perspectiva. Y para aquellos que sólo tengan una referencia vaga de su figura yo les recomiendo, si se me permite, que escojan, de entre tantos recuerdos que visten estas paredes de La Cuadra, acumulados por Juan durante toda una vida, que se paren ante esos poemas y dedicatorias que ilustraran a este personaje… A Juan y a su guitarra en La Cuadra, porque son un binomio que se complementan y se explican el uno al otro, D. Juan García Cabreros lo dijo mejor: Fundidos los dos en uno/ cual centauro musical/ Juan Mesa con su guitarra/ y la guitarra con Juan. / Dan la impresión de uno solo/ de un sólo bloque que está/ sólido, firme, macizo/ como se debe de estar; / sin grietas y sin fisuras/ por toda la eternidad.

Por toda la eternidad… Al menos, es de esperar que los tiempos venideros recuerden a este centauro musical. Porque Juan Mesa fue algo especial, sin duda tenía un sentido de la vida... que sí que es frecuente en esta tierra; pero en él coincidían unas circunstancias muy marcadas por su sensibilidad musical y por su vivir en las cuatro paredes de este rincón andaluz, como él solía repetir de La Línea recordando a Muñoz Molleda. Su preocupación por todo lo relacionado con el arte le llevó a figurar en la primera fila de las sensibilidades artísticas de la ciudad. Atento siempre a la mínima inquietud en cualquier área de la cultura, la grande y la nuestra que no es menos grande. Toda inquietud él la traducía a los mágicos sonidos de su guitarra. Su guitarra… como Beli Moya le dijo un día: “Tu guitarra.../ desnuda y morena, / sueños de arcángeles/ en sus cuerdas lleva. …/ La luna de nácar, / rezará con sus castañuelas, / y... al frente de todo, / Juan, tu guitarra es bandera.

E hizo Juan una bandera celeste y blanca con su sonanta querida. Entre arcángeles cantaores me imagino yo a al amigo, tremoleando donde recen las castañuelas o donde la siguiriya se rompa la camisa, casi ahogada de emociones o renacida con una falseta donde quede un ascua de linensismo con categoría para figurar en las vitrinas de una Cuadra Eterna. Esta reconstrucción es un tributo de Debla, que diría Juan. Y quien se acerque a este recinto, donde campea el eco de una guitarra, la de Juan, que sepa mirar y ver… Hasta que escuchando oiga el secreto revelado de Juan, como se lo desveló a Eugenio Silverio, también amigo suyo y de su guitarra que le dice:…/ ¿Acaso el secreto guardas, / celoso del viento que vibra/ con todas sus liras y arpas?/ ¿O eres -y así te creo-/ hombre de noble linaje?/ De esos que no confunden/ la mala cuerda/ con el buen arte.

El linaje de Juan… Juan estaba hecho de una pasta que sabía de amasijos de levantes y ponientes, de alambiques de cristal y corazones en enredaderas. Amaestró a cien gatos con farrucas, soleares y serranas, y las lagartijas eran bailaoras en las paredes del patio de la Cuadra, un ballet hipnotizado por la música más sincera, sonido que no necesitaba flecos ni volantes... Sólo la honrada música de sus cuerdas y honestos claveles de aquellas macetas. Su secreto era la sensibilidad hacia el arte en todas sus medidas, su guitarra, encendida con la luz de nuestros atardeceres…; hay tanta playa de Poniente en su guitarra… tanta Atunara en su clavijero.

Y no sólo era querido y respetado en su querida ciudad de La Línea, sino que su estilo y su sabiduría, su saber estar, trascendía más allá del Cachón. Antonio Gala le dejó escrito en junio del 8, aquí en La Cuadra: “A Juan Mesa, que con los "Sonidos Negros" de su guitarra hace más blanca a la España Blanca. Con amistad reiterada y admiración creciente.” Yo he sido testigo de cómo era saludado fuera de La Línea por artistas de gran talla, cómo cantaores y cantaoras de reconocido prestigio, de flamenco o de copla, cantaban acompañados por Juan, dejándose llevar por las veredas mágicas que él tan bien conocía.

Alguna mariposa, de las de su mariposero, suspira y nos trae el eco de Guillermo Fonseca, otro centauro de báquico perfil que, en la plenitud de un claroscuro de La Cuadra, se alza como un profeta pidiendo silencio a una toná; ante el “faraón de seis pirámides”, como le llama, nos advirtió desde una eternidad de barca en premonición genial: “Que nadie toque mi guitarra,/ que nadie cuando yo no esté/ ose tocarla./ Dejadla si puede ser/ entre la yerbabuena y la albahaca./ Cuando yo no esté, dejadla./ Cuando yo no esté,/ cuando yo sea ciprés sin viento,/ que duerma en las espadas del tiempo./ O si acaso, en los cármenes de Granada./ ¡No despertarla!/ Que nadie, lo ruego, ose tocar mi guitarra.”

Que los ángeles de La Cuadra nos consientan, sin tocar su guitarra, despertarla a cada instante, que un sueño nos permita remover, en el amasijo de los recuerdos, la evocación emocionada de la admiración. Que ésta reconstrucción sea para que los linenses que han de venir entiendan cómo hay que ser: primero persona de bien, entregada a su sensibilidad y entregado a lo más sublime que haya en este mundo; luego, linense de verdad, pero con sal e inteligencia... Con los sones que Juan no legó. Mi primo, Rogelio Rodríguez, le dijo a Juan en 1989: “Son sones de Andalucía/ que anidan en tu cabeza/ la que tus manos guían/ tornándolos fantasía. / Que Dios te guarde, Juan Mesa.

Que Dios te guarde, Juan Mesa… No quiero terminar, esta celebración, sin hacer un reconocimiento a la familia de Juan, a la Peña Flamenca Linense, a cuantos han trabajado para agrupar estos recuerdos y crear un clima para que, más que nostálgico, sea de admiración, cariño y respeto por la figura de Juan Mesa Serrano. Al mismo tiempo pedirles que el gran legado de nuestro amigo, su colección fonográfica, digna de figurar como bien patrimonial intocable, sirva para que estudiosos y aficionados puedan oír y consultar su valioso contenido. Yo sé que Juan lo quería así. Y ningún lugar mejor que éste, baluarte pacífico en defensa del Arte Flamenco, para albergar y ofrecer sus reliquias de vinilo y pizarra. Quizá, así, la vocación docente del maestro se vea colmada de futuro… él diría, remedando a nuestro admirado Manolo Caracol cuando dedicó a los niños de España su “penúltimo” fandango: “Por los niños de… La Línea”.

Señores, que sea por la memoria del amigo que no se ha ido, por Juan Mesa en La Cuadra para siempre.

27 de agosto de 2010

Prólogo a “Albergues de la necesidad” de José González Jurado

No diría nada nuevo, quién pudiera, si digo que el tema de los Patios Linenses es algo, estimulante, apasionante. La historia, esa historia con minúsculas y no por ello menos substancial de la vida linense, está escrita en sus patios de manera entrañable, un día a día colmado de locuacidad.

El patio de vecinos es uno de los espacios en donde se ha configurado una época de esta Ciudad, y en donde se han dibujado perfiles de personajes que han quedado definitivamente grabados en nuestra memoria, una memoria que es necesario mantener. Es difícil sustraerse a la evocación, no exenta de nostalgia; pero una nostalgia acompañada de un cierto dolor. Dolor por todo lo perdido, y que también requiere ser valorado en esa otra cara que todo progreso trae consigo. Pero es necesario ver el tema con cierta dosis de alegría: la de la superación. El linense conoce muy bien esa fórmula, esa de superarse sin someterse, de recordar y continuar. Aunque el futuro, caprichoso y no siempre bien interpretado, se escape más allá de las lindes urbanas.

Ante las páginas de “Albergues de la necesidad” de José González Jurado es posible recobrar el pálpito del corazón de un pueblo, el de La Línea de la Concepción. Siempre he visto el patio, mi patio, como un territorio simbólico, para mí es como la estancia de lo más íntimo, donde residen las emociones, la ilusión... Así también veo al patio linense, como un símbolo entrañable; pero como un recinto que agrupa al corazón múltiple de los linenses, una intimidad abierta de par en par. En esos patios, que no han sucumbido del todo, el corazón de La Línea se hace uno y abierto, colectivo e íntimo, doliente y festivo. El patio de La Línea es una de sus señas de identidad, al mismo tiempo que un escenario no exento de las hechuras del sainete dramático. Sainete, por la reseña de hábitos y personajes con una buena dosis de entremés costumbrista; dramático, por las acciones que reflejan su recuerdo, su realidad. Y porque su evocación nos retrotrae a unas raíces, a las esencias de nuestros mayores: una herencia de la que no es saludable prescindir, por lo menos a quien le conmueva nuestra esencia vital como pueblo.

No creo que González Jurado haya querido oficiar una invocación perniciosa del pasado, yo lo veo como un reencontrase con la historia, una historia que los linenses fueron forjando entre esfuerzos e incomodidades, estrecheces y cuchicheos del vecindario, de esos mismos vecinos que acudían con una cacerola en las malas horas o en aquéllas, peores y hoy brutalmente soslayadas, en que era necesario, como sigue siéndolo por ser lo natural, llevar y compartir algo de humanidad. Cuando no disponer los paños calientes… o las mortajas. Lamentablemente, ya no hay patio que valga para dar rienda suelta a la vecindad solidaria, salvo excepciones que el lector sabrá valorar. Puede que el concepto de patio haya evolucionado hacia otros espacios, como el ser humano hacia otras sensibilidades, por decirlo de alguna manera.

Esta reseña de nuestros patios nos trae perfiles y colores del alma Linense; ya sea junto al pozo y arriates de dompedros, o bajo los enramados de jazmines, o entre el perfume de las damas de noche y el cacharreo de las cocinas, el batir de las tortillas, las madrugadoras toses de los Trabajadores Españoles en Gibraltar, los bolsos de lona, los del costo, como tiaras pontificales en la punta de las cañas de tender, el trasiego de caseras y diteros, el ajetreo festivo de las Cruces de Mayo, la “Santacrú” con sus altares y sus “moñitas” de papel de seda con verbena al fondo. Entre todo ese barullo de coplas y retratos desvaídos por el tiempo, no se puede escamotear el autentico sentido y vida en un patio de La Línea de la Concepción, de sus moradores. Un barroquismo de limpia penuria, un brochazo de color y de aromas de madreselva que se funden con los refritos y los adobos, el zotal y las bolitas de azulete, al que siempre oí como “azulejo”. Una musicalidad innata, batahola y alboroto, que solo callaba para oír los partes de Radio Nacional, o los seriales de Radio Tánger y Dersa Tetuán, o los de la SER, en una paz dolida y alegrada… Aún aúlla, entre gatos y trinos enjaulados, la metralla que salpicó de dolor y muerte una Feria de 1941 sobre un patio, pacífico y festivo, arrollado por uno de aquellos bombardeos. Ni con bombas que tiren podrán arrasar la memoria colectiva de un pueblo en torno a su patio.

En los patios de La Línea se ha escrito todo un tratado de nuestra sociedad. Y se ha escrito, con risas y lágrimas, para perdurar en el tiempo a pesar de la piqueta. Con la demolición sistemática de ellos, no sólo se ha manifestado el gran cambio en la sociedad linense, sino que ha dejado una huella perpetua de la personalidad de este pueblo. Derribos de los que Pepe González Jurado ha sido protagonista como se descubrirá a lo largo de sus páginas. Pero derribos, al fin y a los cabos dolorosos en muchos casos, que han contribuido a fijarlos en la memoria colectiva de un pueblo, de cuando este pueblo era una familia…, a pesar de sus miles de habitantes.

El lector que recorra este itinerario que propone José González Jurado, descubrirá no sólo una enumeración de patios, con detalles y anécdotas, muy al estilo de este linense de la Axarquía, sino que se verá envuelto en la personalidad del autor. Su lenguaje, sus giros, sus expresiones en suma, hacen que uno se sienta conducido por un personaje peculiar. Recorrerán calles y plazas, por un tiempo perdido como por un mar de recuerdos y anécdotas que han configurado muy buena parte de la historia más reciente de La Línea. -Como siempre, la historia más conocida de La Línea es la más reciente por esa voluntad, a mi juicio suicida, de no ver más allá de 1870.No debería olvidarse que los primeros pobladores de los patios fueron las gentes de aquí, los linenses.- Pero el lector que acuda a estos personalísimos apuntes, habrá de recurrir a la confrontación de sus propios datos y vivencias con las impresiones de este poeta que nos llegó de Torrox allá por los años cuarenta, para hacerse un linense de toda la vida.

Precisamente su amor por este pueblo mío, es lo que le hace a Pepe escarbar en su memoria, a garbillar entre los cometarios e historias que ha ido recogiendo, por aquí y por allá para, como recolector de frutos de su huerta y de pasiones humanas, presentarnos unos ramos de vida de entre una memoria recogida, asimilada hasta hacerlas suyas y ofrecerlas “a su manera”, como a él le gusta decir. Sin duda, a González Jurado le mueve el sentimiento del linense y del cariño por sus vecinos. Desde un personal tratamiento y su generosidad, ha recreado esta crónica sentimental de los linenses en sus patios. Y con cierto aire de romanticismo en el que su lenguaje es el principal protagonista.

José González Jurado es un poeta que escribe coplas, romances; letrista con un innato sentido del ritmo que se ve abocado, una necesidad vital, a transmitir todo cuanto pasa ante sus sentidos. Siempre con boca de fandango, con lengua de romance, casi nos habla con un deje y una queja que el lector podrá apreciar en su estructura, repito, personalísima, como un verdial que se ha hecho linense en los navazos zabaleños. El lector podrá recurrir a una voluntad de constatación o de asunción desde la óptica sincera del autor, un autor que siempre nos conducirá, guiados por su oralidad y desde una visión sencilla de la vida. De su vida y milagros en La Línea de la Concepción.

25 de agosto de 2010

D. Fernando Bachiller

Sr. Alcalde, Corporación Municipal, Autoridades, Señoras, Señores, Amigos:

En nombre de la familia de D. Fernando Bachiller, a la cual estoy unido por mi matrimonio con su hija Miriam, me honro en hacer un bosquejo de mi admirado, querido y respetado D. Fernando Bachiller Cabezón. En nombre de todos queremos manifestar nuestro agradecimiento a quienes han hecho posible que le sea otorgada esta distinción. Consideramos que tan alto honor se corresponde con el profundo cariño que D. Fernando mostró por esta Ciudad y por los linenses. Todos nosotros aún recogemos ese sentimiento de afecto y consideración de todos aquellos que le conocieron y apreciaron, de primera mano, su catadura moral, su ética profesional y su linensismo. Rasgos de su persona que permanecen frescos en la memoria de todos y que, con esta distinción, se perpetúa la reciprocidad que siempre ha caracterizado a este pueblo nuestro, cuya sabiduría medular le ha hecho distinguir siempre al forastero afincado de quien, con calidad humana, echa raíces profundas en su historia más sensible.

Reciprocidad, en lo afectivo y emocional; elevando el sentido de la acogida que siempre nos ha caracterizado y que ha hecho bandera de nuestro superior espíritu de la vecindad, del elegante saber estar, que no se nos puede negar y del que siempre hemos hecho gala. Cuando mi pueblo reconoce los méritos de D. Fernando, se reconoce asimismo como el pueblo que siempre fue, aún antes de constituirse como municipio independiente. Pero ese talante de mi gente es para mí difícil de dibujar, pues soy, y quiero ser, parte de este andamiaje humano. Entramado de esperanza y emociones que hacen de nosotros un pueblo en el que la altura de miras, la generosidad y el reconocimiento a la valía de quienes nos han elegido como pueblo propio, han ondeado desde siempre a la sombra del Peñón de nuestra existencia. Así la familia de D. Fernando entiende este acto como un doble homenaje a su memoria y a nuestro pueblo.

El Dr. Fernando Bachiller era natural de Portillo (Valladolid, 1924) En la ciudad de Valladolid se licenció en Medicina y Cirugía con la máxima calificación de Premio Extraordinario en la promoción de 1948. Desde el segundo año de Licenciatura mostró una gran valía intelectual, consiguiendo la plaza de alumno interno de cátedras clínicas por oposición y diferentes becas en asignaturas médico-quirúrgicas. Su perfil asistencial le movió a incorporarse como profesor en la Cátedra de Patología y Clínica Médica y a efectuar su especialización en patología cardiopulmonar.

Se me asegura que mucho influyó en su decisión el hecho de que su hermano Teo contrajera el terrible mal de aquélla época y que acabaría con su vida, dejando en D. Fernando una huella profunda que permanecería como un acicate y una poderosa motivación. Ya D. Fernando vería siempre a su hermano en cada paciente y pondría todos sus conocimientos y esfuerzos al servicio de una lucha contra el dolor del enfermo y el sufrimiento de las familias.

A comienzo de los cincuenta, del pasado siglo, llegaría a nuestra ciudad, a La Línea de la Concepción, como médico del Sindicato de Trabajadores Españoles en Gibraltar. Luego ganaría la oposición para dirigir el Dispensario de las denominadas “Enfermedades del Tórax”, impulsando las primeras campañas de detección y control de la Tuberculosis. Luego sería miembro fundador del SEPAR- Sociedad Española de Patología del Aparato Respiratorio.- También de Neumosur, una ramificación de la anterior con carácter andaluz y que es aún de relevante importancia médica.

La situación sanitaria de la Ciudad, en aquellas fechas, era desoladora. Él vino a luchar en el campo que le era propio; encontró la satisfacción profesional, también afecto y respeto. Y trajo consigo no sólo su equipaje científico sino ese bagaje emocional que le llevó a sentir la medicina como un valor humano, y que le hizo acreedor de la confianza de sus pacientes y el reconocimiento de los hogares. Descubrió el sencillo y luminoso encanto del Alma Linense. Y su alma, ancha como la meseta que le viera nacer, se hizo más grande entre nuestros dos mares. Comprendió, como tantos otros que llegaron con bien a La Línea, el carácter linense y sus peculiaridades, personalidad colectiva que nada ni nadie podrá cambiar. Y La Línea le acogió como sólo sabe hacerlo nuestra gente cuando atisba la calidad humana. Su lucha estaba en pie y, allí donde su servicio era requerido, acudía con su doble vademécum, el de sus conocimientos y su excelencia humana, su corazón y su alma. Y acudía D. Fernando allí donde ni la policía entraba, la de entonces… En cualquier lugar de la ciudad, era respetado, aceptado y reconocido. D. Fernando descubriría enseguida el genio y personalidad del linense, y su alma ancha, su corazón enorme, sintió ese pálpito con que los linenses sentimos y reconocemos, como la piel reconoce el tacto afectivo, como los antiguos linenses, eternos zabaleños, reconocían lo potable del mar en pozos de la orilla misma. Un aliento difícil de explicar, al menos para mí como antes he dicho, pero que hay quienes lo entienden y lo sienten, lo sufren y lo cantan, lo pregonan y lo otorgan… Y saben de qué hablo. Ese soplo lo descubrió D. Fernando y lo hizo suyo. Muy poco puedo decir de su importancia científica, por mi ignorancia tengo que remitirme a datos y notas de su apretada biografía. Pero del corazón y del alma, de su calidad humana… De eso si puedo hablar y dar fe, no sólo por mi vínculo sino por mi convivencia familiar con él hasta su último día.

Confieso que me aplastaba, como linense de cuatro o cinco generaciones de sangre en este Zabal, que este D. Fernando llegado de Castilla, demostrase más linensismo que el mío propio. Solía alzarse, como sólo lo hace un linense lúcido y enamorado de su pueblo, alabando las virtudes que encontró en La Línea de la Concepción desde que aquí llegó. Y nos refería hechos de personas, como lo harían mis abuelos, con todo detalle de parentescos y nutrido anecdotario, haciendo gala de su conocimiento sobre vecinos… Como hacemos los linenses desde que tengo uso de razón: disfrutando de su ciudad y con su gente ¡Y él conocía a tanta gente! No puedo olvidar el entusiasmo de D. Fernando defendiendo a su pueblo, a La Línea, como muchos linenses lo hacen. Y es que, La Línea de la Concepción también era el pueblo de D. Fernando, un castellano de gran talla que nos llegó del Arrabal de Portillo a este histórico Arrabal de Gibraltar.

Inició una nueva andadura profesional como Director del Dispensario del Patronato Antituberculoso, considerado entonces como un destino de excelencia para recién formados especialistas. Y fue su director hasta la extinción del centro. De la magnitud del trabajo desarrollado por D. Fernando Bachiller en nuestra ciudad, da una idea el hecho de que a lo largo de tres décadas pudieron documentarse en el Campo de Gibraltar más de cien mil pruebas de detección de tuberculosis en las distintas poblaciones de la comarca. La situación médica en aquellos años era claramente deficitaria y con una enorme prevalencia de enfermos tuberculosos, siendo esta dolencia considerada como un problema prioritario de salud pública en aquel momento.

De manera concomitante, y como Director del Dispensario de nuestra ciudad, impulsó estudios pioneros en su campo. En el ámbito de la Tisiología, D. Fernando Bachiller presidió el grupo de especialistas de mayor prestigio a nivel nacional, la sección TIR de la Sociedad Española de Neumología. Gracias a su mecenazgo nuestra ciudad acogió sesiones científicas y congresos del referido grupo y del correspondiente de la Academia Americana de Enfermedades del Tórax. Ellos condujeron a la modernización del tratamiento actual de la tuberculosis y D. Fernando participó, desde La Línea, en los primeros estudios europeos de evaluación terapéutica por Rifampicina. Ya en los años 60 participaba en congresos internacionales (Rusia, países centroeuropeos, Estados Unidos de América), llevando el nombre de La Línea a todos esos lugares. Fue nombrado académico por la de Medicina de Cádiz, la más antigua de España, convirtiéndose así en el primer médico académico en La Línea de la Concepción.

Cabe destacar que su labor pionera, junto con sus colaboradores, sigue en vigor en la actualidad. En esencia elevó la medicina al máximo nivel científico y profesional en nuestra ciudad. Convirtiendo el escandallo linense como una referencia en su especialidad. Unía así el nombre de La Línea de Concepción a una de las más dignas labores del ser humano como lo es la lucha contra la enfermedad. Su vinculación personal y profesional a La Línea le llevó incluso a renunciar a cargos en otras ciudades y a apostar por nuestra ciudad. Otro rasgo destacable de su carácter era su incansable capacidad de trabajo; y su acervo cultural que hacía de él un gran conversador.

Aquella acogida que tuvo por parte de los linenses es la hoy entendemos como refrendada, ya que aún se mantiene viva. Acogida que fue forjando en él a un linense: la ciudad lo hizo suyo. Porque aquellas manos que se tendieron hacia él hallaron la respuesta de su mano, una reciprocidad humana que ha sabido transmitir a sus hijos y nietos. A nivel personal la figura de D. Fernando no se entiende sin la de su esposa: Marili Luque, vallisoletana como él. Tampoco sin D. Fernando se entendería la de Marili, señora de extraordinarias cualidades intelectuales y humanas, que se trasladó a La Línea de recién casada y que fue un auténtico motor para la actividad de D. Fernando, y de su hogar. Sin renunciar a su propia labor profesional como licenciada en Filosofía y Letras, ya que ejerció la docencia hasta su muerte accidental, lamentable y prematura, compatibilizándola con la atención a los ocho hijos que tuvieron en común. Todos ellos, siete son linenses, permanecen actualmente fuertemente vinculados a nuestra ciudad, en la que residen tres de sus hijas con sus esposos e hijos linenses.

D. Fernando y Marili supieron exteriorizar hacia los linenses su personalidad, afabilidad sin afectaciones, siendo muy frecuente verles entre numerosos amigos, recogiendo la simpatía de cuantos les conocieron, o participando en actividades culturales o de otra índole que se celebrasen en nuestra ciudad, y sintiéndose, ambos, linenses.

D. Fernando Bachiller Cabezón falleció el 16 de agosto de 1997 en La Línea en dónde recibió sepultura junto a su esposa.

Y aunque desde que llegó lo ha sido, hoy es ya linense no solo por elección propia sino por adopción. Por ello, en nombre de toda su familia, expresamos nuestra gratitud por este reconocimiento que entendemos como linenses que somos y de todo corazón.

Muchas gracias.

30 de mayo de 1999

Juan Mesa Serrano, introductor del duende.


En el libro de Crescencio Torés Butron,
"Paisajes lineses"

A veces se hace palpable un alto en el tiempo, una parada que hace congelar la mejor época de toda una existencia. Juan aparece como herido por ese rayo de nostalgia y de aprendizaje a través de los recuerdos, enmarcados en un espacio delimitado por una geografía urbana que le es afecta. De haber sido escritor, Juan Mesa hubiera compuesto una alabanza de aldea como aquellos clásicos que entendieron del mundo y el auténtico espacio vital, como quienes distinguen el oro del oropel, sólo como quienes huelen a canela y a clavo. En su rincón, a Juan Mesa le gusta decir “este rincón andaluz”, ha ido elaborando una madeja de nostalgias y recuerdos que el mismo ha ido modelando. Dotado de una exquisita sensibilidad, tanta sensibilidad acaba hiriendo, ha ido coleccionando afectos propios y respuestas de los más importantes artistas que han pasado por nuestros escenarios locales; es decir, “todos”. Juan tiene alma de coleccionista, de antiguo colector de tesoros ideales, y ha ido atrapando gestos, palabras y miradas de los mejores. Es un afán por reproducir el objeto de la suprema admiración. Yo creo, me atrevo a decir, que Juan Mesa ha hecho, por las aulas de los camerinos del Cómico y del Parque, su propia escuela. Se puede ver la sonrisa de Emilio Villar - con capa, sombrero, florete de adorno y la gloria en su talante- franqueando el paso por los entresijos de las cajas del teatro; entre bambalinas, diablas y baúles de mimbre. Aquellos recipientes de todos los pertrechos para vestir de gala los sueños reprimidos en aquellos patios de butacas; de aquella época cañí, piropeadora y galante, de quejas a la reja y señorío a caballo. Tiempos de mucha mala leche y copa de fino, y el sombrero en la mano como persona de diplomacia; de aquella sensación de aseo semanal y lentejuelas, de muselina morena y las falsas blondas de los escenarios. Años cuarenta y cincuenta: “los mejores”. Hay, aún, castizos que lo afirman a verso y copla. Sólo los mejores perviven... eso siempre y menos mal.

No contento con la consecución de una firma, algunas analfabetas y geniales, sobre complicadas fotografías de estudio, Juan Mesa, acompañado de alguno de sus fieles en la lucha, persigue a sus admirados artistas por los cafés próximos. En el Hotel Iberia se hace tertulia y se toca el piano para adelantar acontecimientos o recordar tonadillas del empaque; Alberto Castilla, propietario del hotel, solo tiene oídos para su Isabelita Dorado, su gentil esposa. Hubo una felicidad hecha nube por los estanques de la abulia provinciana que se vestía de gala con los artistas que iban pasando. Entre funciones, a veces durante los entreactos, las figuras de postín que apostaron por el bolo de “provincias” se deslumbran con el despliegue de afectuosa admiración que Juan Mesa les va ofreciendo. Algunos calan el mensaje en lo más hondo de su sensibilidad y se crea un fluido que en Juan pervivirá por siempre. Sin duda este es un “rinconcito andaluz” de mucho saber escuchar...

Pero hay momentos en que no va a salir del teatro, no acudirá a la caza y captura del cantaor o de la bailaora o del característico afamado: esa gente extraña a estos mundos de charcos y maceterío. Gente de maneras que alertan la novelería y que se van a tomar café con panquequi o pescao frito con media del fino de más tronío, según la época. Bostezos de la fama, mientras se mata tiempo esperando el segundo pase y, luego, caer en el autobús o en la pensión aquella en la que trabajaba el “Niño de la Palma”, progenitor de raza y archipontifice de verónicas y estoconazos en los rincones de los elegidos. Porque Juan iba también tras los toreros, por consideración al sacerdocio de los sacrificios solares de la gracia y el arte supremo. No se sustrae ante la belleza, creación humana, sobre naturaleza fiera de un mundo incontrolado. No, hay momentos en que no busca fuera del teatro. Es el momento secreto en los proscenios, en los que, aun oyendo el trajín de los tramoyistas tras los telones, los grandes maestros, los de verdad y de siempre, ofrecen solos de guitarra con un magisterio ex cátedra. Es el momento mágico de Juan, ahí aprende y asume arpegios y trémolos que luego llevará a su guitarra. Allí en La Cuadra, su estudio, mientras va viendo crecer todo un mundo de estampas, carteles y programas, va construyendo un autentico estanque de solos. Edifica su saber musical sobre los secretos que ha ido arrancando a los geniales intérpretes del acompañamiento. Maestros que, en los más largos cambios de decorados, juegan a ser concertistas. Habrá que esperar una veintena de años para que haya público que sepa escuchar un concierto de tal magisterio y tal riqueza musical como es la nuestra. Cuando se aprovecha para ir al ambigú, a fumar, o a abrir y cerrar los abanicos en las cálidas noches de teatro, Juan Mesa se queda para embarcarse en una nave de blanca vela que le asegura arribadas a puertos de ensueño y de aplausos. Si hace falta se esperará veinte años más, o los que haga falta... Cuando se tiene mucho tiempo se despilfarra en esperas.

Todo ese bagaje de los proscenios y los camerinos, esa escuela que ha ido asumiendo, lo va a verter, sobre las cabezas y manos de sus alumnos. En La Cuadra, va a estrujar la esponja de sus devociones sobre el enjambre de escalas, por las entorchadas cuerdas y por las cuerdas de agua de un arte milenario. Imposición casi patriarcal de manos,  llevando gloria a la luz de un aire que se queda sin aliento con ese vibrar de sones. La gran tarea de Juan Mesa es haber ido enseñando a varias generaciones de linenses un arte que por sus características, y por sus verdades vitales, se ha ganado la consideración de nosotros mismos, no ya la del mundo entero... La mejor tarjeta de visita de un maestro son sus discípulos. Y ahí están para testimoniarlo cuantos han aprendido y bebido en las fuentes antiguas del agua y del sol. Gente que ha accedido a la profesionalidad, al magisterio; desde academias de guitarra al uso hasta los conservatorios. Una auténtica cabalgata de personas que han abierto los ojos ante la mejor creación de nuestro pueblo andaluz: La Música.

Tantos años de entrega al oficio de enseñar arte, mirando de soslayo la última fotografía conseguida, aquella flor que no se marchitará nunca o aquel zapato guardado como un tesoro, hacen que quienes conocen el paño de la enseñanza del arte nos sintamos obligados al reconocimiento por un trabajo tan fecundo y tan extendido en el tiempo. Yo me acerqué a Juan Mesa buscando subrayado musical para unos versos de Federico García Lorca. Juan me abrió el almario de las “músicas magas de mi tierra”, como dice don Antonio Machado. No me deslumbré sino que me iluminé y sentí la obligación de aprender sobre mi pueblo a través de su cultura. Los andaluces, quienes huelan la canela y el clavo, lo tienen bien fácil, porque es muy placentero el viaje por el conocimiento creativo de nuestro pueblo. Los caminos a seguir, las lecciones de esencia y de vida, son de tal belleza que es una hermosa manera de aprender de nuestro pueblo. Beberse la belleza próxima, como hace Juan Mesa, para poder explicar el milagro que siempre lleva consigo la admiración creativa del ser humano; para recrearse sobre sus propios hechos y maneras de afirmar la vida bajo esta luz que nos alumbra.

A Juan le debo el descubrir el camino de conocimiento de nuestro saber popular. Pero, sobre todo, a él le debo, no sé si se acordará, el haber visto al duende y haber aspirado su aliento en una tarde inspirada y lejana. Fue en el escenario del Teatro Royal de Rabat. Allí sentí el aguijón tremendo del arte hecho quiebro de donaire, de palabra hecha flor del campo de las musas, de son y compás como en pecho de bacantes, cintura de pitonisas y amapola de los trigales fecundos de la suprema gracia. Al menos yo lo vi bajo la enredadera de todos los sueños que se yerguen en la realidad. Yo sé que es un terreno vedado sólo para quienes han recorrido un largo camino de arte. Pero la casualidad, probablemente, y el hecho de estar atento a los brocales de los pozos del embrujo hizo que yo sintiera su danza gigantesca sobre el tablao de mi alma pequeña. Y, sobre todo, porque con nosotros -Paco Muñiz, quizá uno de sus mejores discípulos, Pepe Mariscal y yo- había un brujo oficiante, un cimentado conocedor de las maneras de rondar y manifestarse que tiene el duende.

Yo espero que, mientras Juan vaya recibiendo el testimonio de todas nuestras consideraciones, siga pontificando, que algo queda, y que vaya “tremoleando” mientras vamos animando a todos lo niños de Andalucía y de España a dar sorbos de esta magnifica agua limpia del Arte y de la Vida.

30 de octubre de 1997

José Carlos García Gómez- Linense del Año´97

Antes que otra cosa quiero agradecer al Centro Andaluz de La Línea la confianza que me dispensan al pedirme que sea yo quien se dirija a ustedes para glosar la personalidad de José Carlos García Gómez en este acto, tan emotivo para mí como importante para todos nosotros. Soy consciente de la distancia que media entre este presentador y el personaje que hoy es motivo de ésta distinción; por ello quiero agradecer muy sinceramente la posibilidad que se me brinda de participar, de alguna manera y por poca cosa que sea, por sentirme linense y por mi vínculo familiar con la figura a la que honramos hoy. Porque figura es José Carlos.

Sería preciso sintetizar su currículum para no extenderme demasiado... Me he propuesto ser breve en beneficio de sus atenciones, pero es necesario, y justo, enumerar una serie de actividades, tanto académicas y profesionales como humanas, y que hacen a Carlos merecedor de este acto de reconocimiento. Y es necesario, y es de justicia, por así dar cauce a la intención del Centro Andaluz, que no es otra que la de subrayar, de esta elegante manera, a las personas o colectivos, que vienen a significar algo substancial en nuestra vida social.

Así como se separan semillas en el semillero, así como se apartan especies para ser preservadas, para conservarlas y reponerlas, para mantener una reserva en previsión de posibles perdidas. Así se pretende elevar al rango de ejemplar a las personas que destacan en la vida de los pueblos. Esa forma de cultura, tan elemental y antigua como la propia especie nos hace reunirnos hoy en torno a Carlos. Justo es que se expongan los méritos y la trayectoria profesional de este linense, para que en los campos de las labores y en la asamblea de los que compartimos la vida en la Ciudad de La Línea, sepamos cuales son las virtudes que, por enaltecerlas, nos definen como meta y objetivo para una mejor ciudadanía en nuestra propia ciudad. Entiendo que es la manera más razonable de empezar la búsqueda de un mundo mejor. Bueno es que se sepa que hay un reconocimiento para los destacados. Una relevante evaluación que recae sobre quienes han superado el nivel que requiere la ejemplaridad; pero, entiendo, que todos los que cumplen con su destino e ideal de vida día a día, todos los buenos linenses, los hombres y las mujeres de este pueblo, que son la mayoría de la ciudadanía y que son la sal de la tierra, deben considerarse premiados. Al menos así deben considerarse los buenos ciudadanos, los mejores vecinos. Y La Línea lo que mejor tiene son sus gentes y su proyección hacia el exterior nos llena de orgullo y satisfacción. Así se hace grande la patria chica.

El Centro Andaluz, tiene siempre una difícil tarea. Deseo de todo corazón que cada día os cueste más decidir entre tantos y tan buenos merecedores de vuestra generosa distinción, digna de alabanza y aplauso. Yo sé que sois unos auténticos linces de los bosques andaluces. Gracias, como linense y como amigo.

He aquí los datos curriculares que hacen a este andaluz tan rico en aventura, si me permiten utilizar el verso de García Lorca, destacar y hacernos estar felizmente orgullosos de su trayectoria:

Nacido en La Línea. Linense y no sólo por vocación, porque es un linense de los que lo proclaman a los cuatro vientos, sino que también lo es por nacimiento.

Profesor en la Facultad de Biología de la U. de Sevilla desde 1981. Da clases relacionadas con la Zoología y la Biología Marina. Conferencias y cursos de especializaciones, Master de Medio Ambiente. Ha dirigido once tesis doctorales. Ha desarrollado un centenar de comunicaciones y ponencias en congresos científicos nacionales e internacionales

Doctor, en 1984, con premio extraordinario en doctorado y el de investigación a la mejor tesis doctoral.

Ha obtenido, junto a su equipo, una patente relacionada con la instalación y eficiencia de arrecifes artificiales para la protección de recursos pesqueros de áreas litorales.

De gran importancia son sus aportaciones, en el campo de la Biodiversidad y la Zoogeografía, al conocimiento de la fauna española y especialmente, la andaluza. Junto a su equipo, ha censado y descrito más de 2.000 especies animales marinas, de las cuales más de 500 eran completamente desconocidas en Andalucía. Una centena, de ellos, eran desconocidos en la península Ibérica y más de cincuenta se han descrito como nuevos para la ciencia.

En una de las tesis dirigidas por nuestro Dr. García Gómez, en colaboración con el Dr. Cimino, se han caracterizado y descrito catorce nuevas especies químicas que eran desconocidas para la ciencia.

Ha dirigido campañas de Biología Marina en aguas de Europa y Norte de África y también en el Mar Rojo, Océanos Indico y Pacifico, y en la Antártica. En este caso a bordo del BIO Hespérides, donde dirigió un sub programa de investigación científica basado en procedimientos de muestreo e inmersión, por lo que fue uno de los miembros del equipo nacional que, en 1994, buceó por primera vez al sur del círculo polar antártico.

También ha dirigido y participado en otros proyectos relacionados con la Biodiversidad y el Medio ambiente, financiados fundamentalmente por la COMISIÓN INTERMINISTERIAL DE CIENCIA Y TECNOLOGÍA y A.M.A. (Junta de Andalucía) y empresas privadas.

Su proyecto más emblemático es el realizado en las aguas de nuestra Bahía financiado por empresas como CEPSA, Fundación Sevillana de Electricidad. Mancomunidad de Municipios del Campo de Gibraltar y Ayuntamiento de Los Barrios.

Su trabajo, junto a su equipo, contribuirá a sentar las bases de un plan de vigilancia ecológica en la bahía.

Nuestro linense ha sido reconocido por la comunidad científica Andaluza con:

PREMIO ANDALUCÍA MEDIO AMBIENTE 96

Por el Estado Español con los

PREMIO NACIONAL MEDIO AMBIENTE 97

PREMIO NACIONAL FOTOGRAFÍA CIENTÍFICA 97

La comunidad internacional le reconoce, acaba de hacerlo galardonándolo con:

PREMIO INTERNACIONAL

MEDIO AMBIENTE MARINO UNESCO, 1997

Y, como se puede apreciar está empezando, sirva su ejemplo para quienes no tienen claro que con el esfuerzo y el trabajo diario se consiguen las más altas cotas de estima social y la autoestima imprescindible. Este Linense Universal que ha sobrepasado las barreras de nuestro propio país tiene méritos sobrados para las más altas distinciones. Su juventud no es obstáculo para obtener los más dorados galardones, y los que son de casa suelen ser los más queridos y de emocionado recibo.

Para los más exigentes debe quedar claro que los linces del Centro  Andaluz han acertado con hacernos subrayar su trayectoria profesional y los beneficios que su trabajo puede proporcionar en su campo, que es el Medio Ambiente, y en los terrenos más afectivos de nuestra ciudadanía.

Pero hay algo más... Su linensismo.

Para que la distinción consiga las redondeces de la perfección, José Carlos García Gómez, nuestro Linense del Año 97 es un linense de toda su vida.

Queridos Gabriel y María Ángeles, recuerdo a vuestro padre, no hace mucho, sobre la orilla de nuestra lamentablemente perdida playa de poniente. Casi un niño, untado de mar más que mojado, como en una escena de Sorolla, preparando el equipo de buceo. Muy pronto dejó Carlos de ser un aprendiz de deportista depredador. Se sumerge una y otra vez en nuestra hermosa bahía y aprende lo que de vida contiene. Allí donde yo insisto que debe estar nuestro corazón colectivo, inmerso en las bondades de nuestro paisaje total. Allí, no sólo oyó el latido múltiple de la alabanza piadosa del ser humano ante la vida; allí se hizo más linense, se hizo hombre. Él lo dice muy a menudo. Desde aquellas inmersiones de júbilo deportivo, pasa al enorme júbilo de atender a la vida. La vida es algo que cuando la ves palpitante te hace vivir, te contagia de su frescura, de su alegría sonora y de su latido inquieto. Y Vuestro padre, nuestro linense del año, se hace partidario de la vida. Y abraza ese ideal con la vocación de un misionero de leyenda, con el arrojo de un militante de la belleza suprema de lo vivo.

Pronto Carlos decide estudiar Ciencias Biológicas. Las Cariñosas se les llamaba entonces, por lo que de amor encierran en sus programas. Carlos insiste en que aquí, en nuestra bahía, se ha hecho biólogo a primera vista, como un enamoramiento; allí abajo, en nuestro más querido y lozano rincón de las profundidades. Otro orgullo para ser añadido a nuestra alegría. Y enamorado va Carlos por la vida decido a defender su conservación, decidido a razonar con la belleza palpitante de nuestro planeta. Qué orgullo pensar que todo el milagro de su esfuerzo y su prestigio hayan nacido aquí donde nosotros nos emocionamos, al menos, con nuestro paisaje. Tu destino va emparejado con tu vida. Y yo te deseo que seas linense por siempre, porque, de eso sí que entiendo, ser linense y sentirse participe de la hermosa y viva belleza que nos rodea es un don tan hermoso como el que proporciona salir de debajo de agua en nuestra bahía, el escenario de nuestros sueños, y llenarse por entero de la presencia de una piedra mágica, de mágico color y mágicos sonidos. Atendedle... yo lo he oído hablar.

Y tú, Carlos, allá abajo buscando y aprendiendo en el mejor de los libros, los mejores son los que imitan la naturaleza, dijo aquel sabio de la antigüedad. Y te encuentras con una forma de vida que yo no sé si antes habría sido visto un ser humano, ni si antes este ser hubiera visto a un semejante nuestro… Es otro de tus descubrimientos, constatar que aquel individuo es desconocido; para eso hay que conocer a muchos. Y tú, en homenaje a este pueblo de la Línea, al que tanto quieres, lo bautizas como linense. Así se ha derramado nuestro patronímico por los textos más selectos y prestigiosos del acervo científico universal.

José Carlos García Gómez que es un hombre de equipo, como casi todas las personas de valía que han trascendido por sus obras, obtiene de su equipo la distinción de ponerle garciagomeci a otro ejemplar descubierto para la sabiduría científica. Honor también a los equipos que, como los mejores, saben seguir al buen líder que les mantenga en el rumbo de sus objetivos.

Y otro equipo, esta vez el de los linces de los bosques andaluces bucea y rastrea hasta encontrar a los mejores linenses para ofrecerlos a lo buenos linenses, como dignos del honor de ser respetados por sus paisanos. EL Centro Andaluz te concede este magnifico y entrañable reconocimiento, que yo sé que tú valoras en la justa medida de tu amor por La Línea, en justo homenaje a tu persona por tu trayectoria personal y profesional. Con este galardón nos sentimos reconocidos los linenses que queremos serlo de todo corazón. Te deseo con toda el alma que, a pesar de sentirte este año linense del año 97, sigas sintiéndote el linense de corazón que eres, el que siempre has sido.

Quiero darte mi enhorabuena, después de agradecer al Centro Andaluz la oportunidad de participar en este acto entrañable. A ustedes, queridos amigos muchas gracias por su atención.