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22 de mayo de 2014

Es Posible


En la alta noche urbana, la frívola y ruidosa,
las proas de las esquinas navegan por las calles;
un coro de fallebas anuncia singladuras
de sábanas veleras henchidas tras persianas.

Al pairo edificios, buhardillas y terrazas,
en flota prodigiosa otean los horizontes,
conversan de bahías y vientos saludables
que soplan con magnolias por rutas de coral.

Estuario es la avenida de taxis y autobuses,
enjuta y bonancible de esponjas y de barcas
que llevan hasta costas de eterno amanecer.

Cubiertas como azoteas, bodegas como sótanos.
Hay brisas de silencio, de estrellas soñadoras.
Se encienden los fanales, se aleja la ciudad.


             He visto por mi calle cruzar un trasatlántico
             e insisto que en asfalto, se puede navegar.

Silencio de los héroes

Si se encuentran los héroes no se hablan,
expresan con miradas soledades
de un tiempo pasado que exigió
renuncia, sacrificio o cautiverio.
Se dicen en silencio, entre otras voces,
los hechos dolorosos que han vivido;
reflejan en sus canas viejas huellas
fijadas en sus caras: la amargura.

Les duele aquel dolor que les movió
atentos al mandato de su moldes,
y saben que su lucha nunca acaba.
Aún contrastan las armas insumisas
que queman en sus lenguas soñadoras:
sus palabras en tiempos de violencia.

Sostienen en un cómplice silencio
que el mundo se recrea en su laberinto,
e insisten en su sueño interminable.

1 de marzo de 2011

Escombros y andamios

Regresa del pasado a sus mejillas
un soplo refulgente de amapolas,
escarcha remozada de cometas
y escombros de rubores con jilgueros
que agitan su frescura inmarcesible.

Recuerdos de tebeos y cañaduz,
de gomas de borrar y de compases,
de fruta devorada bajo almendros
del tiempo escurridizo que apuntala
y endulza los membrillos de su otoño.

Reencuentra al fiel amigo en sí mismo,
piloto del prodigio en las penumbras
del cine entre crujientes girasoles,
al cómplice abnegado en largas tardes
y en horas de los libros ante el mar.

Recobra aquella audacia justiciera,
de intrépido azote de la infamia
en lucha denodada ante rufianes,
al héroe que rescata a las actrices
del garfio y de las leyes del tirano.

Renueva en los enjambres de la lluvia
los charcos de elepés junto al picú,
y, en ascuas de primicias sostenidas,
las ramas de penachos desbocados,
desnudos sobre un cuerpo de relojes.

Repone sin censura las películas
y albergues en la euforia de glicinias.
Del eco todo vuelve y, en las huellas,
el hombre reconstruye los veranos;
y, alzado en los andamios de su aliento,
reagrupa la verdad que siempre ha sido,
dictada por el niño que aún se cree.

Guadalmesí, diciembre 2010

28 de febrero de 2011

Juan Mesa. Plaza Fariñas, 23

Plaza Fariñas, veintitrés,

surtidores y palmeras.
Hogar de "cante" y guitarra,
"tablao" de Juanito Mesa.

Así comienza el poema que Solly Azagury dedicó, en 1969, a Juanito Mesa en su tablao. Creo que este poema es el que más le gustaba a Juan… al menos era uno de sus preferidos. Y realmente, por obra y gracia de un birlibirloque, tal vez por mediación de algún duende flamenco, nos vemos trasportados hoy a aquel rincón tan nuestro de Plaza Fariñas, 23. La Cuadra, recinto entrañable, y no sólo para los amigos de Juan. Valorado y digno de recordar, porque “lo que solloza el bordón aquí la prima lo alegra, y la "soleá" se alivia si el fandango la corteja” como continúa el poema.

Para quienes hemos vivido La Cuadra, y La Cuadra con Juan, es fácil imaginarse que tras esa puerta de ahí… Está Mercedes Moreno con Carrillo, y los Blanco, bajo aquella prodigiosa enredadera donde las lagartijas quedaban hipnotizadas al sol de un trémolo por soleá… O nos llegue un ronroneo de gatos que han aprendido escalas y arpegios mientras Ángel Mesa los pastorea al compás de un ronroneo superior… O escuchamos a Toti Mesa que avisa de una llamada de Múnich porque, este carnaval, Juan dará conciertos en Alemania; y Juan volverá, maravillado de la cultura musical de los alemanes, realmente entusiasmado y colmado de reconocimientos hacia él y su arte… Más tarde, a la hora de los cabales, llegará Miguel Mesa, que siempre llega más tarde... Y llegará Lola “la del Cómico” con Manolo el Chófer, y la Paca a cantar una malagueña de su padre, “el cojo Málaga”, y el Fósforo que está montando con Juan una siguiriya antigua… y Paco Clavero con Ani,… Hoy no faltará Manolo Blanco que trae un saludo de Marchena para Juan, ¡Ay, Romance a Córdoba! Imaginar es fácil y es necesario… Vendrá “Juanito Maravillas” con Valderrama, que va a grabar el fandango de Chato Méndez y Juan le dirá como era la cantiña del Chaqueta… Recordarán cómo Camarón, siendo un niño, venía por La Cuadra… Y luego llegará Luis Mañasco con Mari, seguro que con una caja de polvorones, porque para Luis empiezan con la Inmaculada y no se sabe cuando acaban. Luis se sentará debajo del retrato que le hizo a la Niña de los Peines con colores por bulerías… Es tan fácil figurarse que venga esa niña tan grande, tan señora del cante, tan admirada por Juan y por Luís… Y ¿Quién no?… Seguro que viene doña Juana Reina con su Federico, el Caracolillo; bailarán sevillanas de las del rancio aroma a Puente de Triana, acompañados por Juan y sus elegidos. Alejandro Gómez, el niño de Loren Chacón, ya está echando a volar un campaneo serrano de “Ronda flamenca”… Y tantos alumnos de Juan que aparecerán en este día: Inmaculada Cárdenas, Juan Becerra, Angelín, Juan Carlos Hoyos, Méndez,… Tantos. Incluso alumnos de estos discípulos suyos como Tania. El mejor regalo a un artista es la imaginación… Imaginemos; porque nos hemos reunido para organizar la celebración del cumpleaños de Juan… Que no es hasta el año que viene, ya que Juan nació un 29 de febrero, y esos cumpleaños se celebran cada cuatro… Así de joven se estuvo manteniendo Juan…

Y es muy fácil, créanme, al traspasar ese portón de Plaza Fariñas 23, oír aquel cuchicheo de cuerdas y golpes de caja, como un enjambre de abejas alrededor de las mieles flamencas… Juan y sus alumnos, niños nuestros, como mi hijo Pablo, que aprendieron con él los secretos de la verdad sonora de Andalucía… Cada uno, de quienes hemos tenido la suerte de vivir La Cuadra, tendrá su vívida imagen, la que la memoria mantenga y gracias a la personalidad del admirado amigo Juan Mesa. Juan Manuel Ballesta Gómez, uniéndose a la admiración y el respeto que sus amigos teníamos para él, nos lo deja así de bien dicho: …“los que han tenido la enorme suerte de pasar por este estudio, los que se han beneficiado de tus tertulias y amistad saben que "La Cuadra" está más cerca de una cueva del tesoro que de la simple frialdad de un aula-museo, y su celador, Juan Mesa, es tan imprescindible como irrepetible”. Irrepetible. Imprescindible para que, en el futuro, nuestra gente contemple en esta reconstrucción, sobre este trasplante de recuerdos, la imagen de su valiosa figura y su memoria. Juan-Guitarra, Juan-La Cuadra.

Quienes no la hayan vivido, quienes vengan detrás de nosotros, y quieran iniciarse en el conocimiento de este milagro que fue, sigue siendo ahora, La Cuadra, que lean en estos recuerdos porque son una guía de sensibles trazos, donde hay sincera admiración. De todos los hijos ilustres de éste pueblo, Juan Mesa es de quien más se ha escrito, de todos: En prensa, radio, poemas, artículos, entrevistas… Y él quiso a los linenses con su corazón y con su inteligencia; y, algo que puede parecer dificilillo: se vio correspondido… Por todos, seguramente; ¿del todo? no lo sé… Quizás los nuevos linenses, los que han de venir y que serán mejores, entiendan su persona y hagan que su personalidad figure junto a los primeros y más notables hijos de La Línea. La distancia no siempre es olvido, también es perspectiva. Y para aquellos que sólo tengan una referencia vaga de su figura yo les recomiendo, si se me permite, que escojan, de entre tantos recuerdos que visten estas paredes de La Cuadra, acumulados por Juan durante toda una vida, que se paren ante esos poemas y dedicatorias que ilustraran a este personaje… A Juan y a su guitarra en La Cuadra, porque son un binomio que se complementan y se explican el uno al otro, D. Juan García Cabreros lo dijo mejor: Fundidos los dos en uno/ cual centauro musical/ Juan Mesa con su guitarra/ y la guitarra con Juan. / Dan la impresión de uno solo/ de un sólo bloque que está/ sólido, firme, macizo/ como se debe de estar; / sin grietas y sin fisuras/ por toda la eternidad.

Por toda la eternidad… Al menos, es de esperar que los tiempos venideros recuerden a este centauro musical. Porque Juan Mesa fue algo especial, sin duda tenía un sentido de la vida... que sí que es frecuente en esta tierra; pero en él coincidían unas circunstancias muy marcadas por su sensibilidad musical y por su vivir en las cuatro paredes de este rincón andaluz, como él solía repetir de La Línea recordando a Muñoz Molleda. Su preocupación por todo lo relacionado con el arte le llevó a figurar en la primera fila de las sensibilidades artísticas de la ciudad. Atento siempre a la mínima inquietud en cualquier área de la cultura, la grande y la nuestra que no es menos grande. Toda inquietud él la traducía a los mágicos sonidos de su guitarra. Su guitarra… como Beli Moya le dijo un día: “Tu guitarra.../ desnuda y morena, / sueños de arcángeles/ en sus cuerdas lleva. …/ La luna de nácar, / rezará con sus castañuelas, / y... al frente de todo, / Juan, tu guitarra es bandera.

E hizo Juan una bandera celeste y blanca con su sonanta querida. Entre arcángeles cantaores me imagino yo a al amigo, tremoleando donde recen las castañuelas o donde la siguiriya se rompa la camisa, casi ahogada de emociones o renacida con una falseta donde quede un ascua de linensismo con categoría para figurar en las vitrinas de una Cuadra Eterna. Esta reconstrucción es un tributo de Debla, que diría Juan. Y quien se acerque a este recinto, donde campea el eco de una guitarra, la de Juan, que sepa mirar y ver… Hasta que escuchando oiga el secreto revelado de Juan, como se lo desveló a Eugenio Silverio, también amigo suyo y de su guitarra que le dice:…/ ¿Acaso el secreto guardas, / celoso del viento que vibra/ con todas sus liras y arpas?/ ¿O eres -y así te creo-/ hombre de noble linaje?/ De esos que no confunden/ la mala cuerda/ con el buen arte.

El linaje de Juan… Juan estaba hecho de una pasta que sabía de amasijos de levantes y ponientes, de alambiques de cristal y corazones en enredaderas. Amaestró a cien gatos con farrucas, soleares y serranas, y las lagartijas eran bailaoras en las paredes del patio de la Cuadra, un ballet hipnotizado por la música más sincera, sonido que no necesitaba flecos ni volantes... Sólo la honrada música de sus cuerdas y honestos claveles de aquellas macetas. Su secreto era la sensibilidad hacia el arte en todas sus medidas, su guitarra, encendida con la luz de nuestros atardeceres…; hay tanta playa de Poniente en su guitarra… tanta Atunara en su clavijero.

Y no sólo era querido y respetado en su querida ciudad de La Línea, sino que su estilo y su sabiduría, su saber estar, trascendía más allá del Cachón. Antonio Gala le dejó escrito en junio del 8, aquí en La Cuadra: “A Juan Mesa, que con los "Sonidos Negros" de su guitarra hace más blanca a la España Blanca. Con amistad reiterada y admiración creciente.” Yo he sido testigo de cómo era saludado fuera de La Línea por artistas de gran talla, cómo cantaores y cantaoras de reconocido prestigio, de flamenco o de copla, cantaban acompañados por Juan, dejándose llevar por las veredas mágicas que él tan bien conocía.

Alguna mariposa, de las de su mariposero, suspira y nos trae el eco de Guillermo Fonseca, otro centauro de báquico perfil que, en la plenitud de un claroscuro de La Cuadra, se alza como un profeta pidiendo silencio a una toná; ante el “faraón de seis pirámides”, como le llama, nos advirtió desde una eternidad de barca en premonición genial: “Que nadie toque mi guitarra,/ que nadie cuando yo no esté/ ose tocarla./ Dejadla si puede ser/ entre la yerbabuena y la albahaca./ Cuando yo no esté, dejadla./ Cuando yo no esté,/ cuando yo sea ciprés sin viento,/ que duerma en las espadas del tiempo./ O si acaso, en los cármenes de Granada./ ¡No despertarla!/ Que nadie, lo ruego, ose tocar mi guitarra.”

Que los ángeles de La Cuadra nos consientan, sin tocar su guitarra, despertarla a cada instante, que un sueño nos permita remover, en el amasijo de los recuerdos, la evocación emocionada de la admiración. Que ésta reconstrucción sea para que los linenses que han de venir entiendan cómo hay que ser: primero persona de bien, entregada a su sensibilidad y entregado a lo más sublime que haya en este mundo; luego, linense de verdad, pero con sal e inteligencia... Con los sones que Juan no legó. Mi primo, Rogelio Rodríguez, le dijo a Juan en 1989: “Son sones de Andalucía/ que anidan en tu cabeza/ la que tus manos guían/ tornándolos fantasía. / Que Dios te guarde, Juan Mesa.

Que Dios te guarde, Juan Mesa… No quiero terminar, esta celebración, sin hacer un reconocimiento a la familia de Juan, a la Peña Flamenca Linense, a cuantos han trabajado para agrupar estos recuerdos y crear un clima para que, más que nostálgico, sea de admiración, cariño y respeto por la figura de Juan Mesa Serrano. Al mismo tiempo pedirles que el gran legado de nuestro amigo, su colección fonográfica, digna de figurar como bien patrimonial intocable, sirva para que estudiosos y aficionados puedan oír y consultar su valioso contenido. Yo sé que Juan lo quería así. Y ningún lugar mejor que éste, baluarte pacífico en defensa del Arte Flamenco, para albergar y ofrecer sus reliquias de vinilo y pizarra. Quizá, así, la vocación docente del maestro se vea colmada de futuro… él diría, remedando a nuestro admirado Manolo Caracol cuando dedicó a los niños de España su “penúltimo” fandango: “Por los niños de… La Línea”.

Señores, que sea por la memoria del amigo que no se ha ido, por Juan Mesa en La Cuadra para siempre.

14 de noviembre de 2010

LA PEÑA FLAMENCA LINENSE

En La Reja, un bar frente a la Plaza de Toros, en tertulia de aficionados al Cante, se funda La Peña Flamenca Cultural Linense. El grupo de amigos que la fundara se ubica en un local del Paseo de Andrés Viñas, en una nave cedida por el Ayuntamiento, era el año mil novecientos ochenta y uno. Sin precisar motivos, se efectúa una mudanza: se trasladan, con los discos y las fotografías, a la calle de San Pablo, en los altos de la Jerezana. Luego se instalaron en los locales de “El Halcón”, sociedad de cazadores de rancio establecimiento en la ciudad. El peregrinar, que parece ser connatural con este tipo de entidades, se ha detenido en la calle del Rocío. Allí está su sede canónica (por lo de los cánones, ya saben) desde mil novecientos ochenta y uno. Diez años de recorrido por la ciudad hasta asentarse, es un ámbito familiar. Recinto intimo, pero de grandes dimensiones en lo artístico y gran proyección del sentir flamenco linense. Sus figuras emblemáticas: Chato Méndez, cuyo estilo ha impregnado a las grandes figuras del cante flamenco; El Chaqueta, de gran resonancia en un arte flamenco que no tiene fronteras; y algún que otro que, sin haber podido desarrollarse por una u otra causa, han dejado entrever un potencial artístico y facultades precisas. Sea este indefinido símbolo, este monumento al artista anónimo, el que agrupe a toda la afición de La Línea, al menos así debe ser. Esta agrupación cultural se une bajo un lema, “Defender, Mantener y Divulgar el Arte Flamenco en sus expresiones de Cante, Toque y Baile”, que es bandera y consigna de una lucha por un arte que no puede vivir sin mantener sus raíces frescas y libres de contaminaciones. Difícil y hermosa tarea.

DEFENDER

En algún caso, se lamentan, no ha faltado quien les haya reprochado un exceso de exigencia y de un exclusivismo en cuanto a sus preferencias. Se defienden, aduciendo que el rigor está fundamentado en la defensa de una calidad imprescindible para la correcta vida de una Peña Flamenca. Entienden, y no creo que se les pueda reprochar nada, que la mejor defensa de nuestro arte es defenderlo de los despropósitos, de erróneas conductas, de ligereza en las ejecuciones. Están, me insisten, intelectualmente opuestos a la desproporción entre la calidad y la difusión de la que adolece una mala comercialización del arte. Un arte que, como en su desarrollo se hizo tabernario, sabe donde están los obstáculos, el tratamiento menos conveniente. Además, porque ya ni las tascas son lo que eran y, sobre todo, porque “el que no huele a canela y a clavo no sabe distinguir”, que decía Pastora Pavón, con su talento de estirpe. No es mala idea recordar la taberna como escuela de vida y maneras, algún provecho habría que sacarse; pero son otros los cauces de su desarrollo en la actualidad. Y se pretende distinguir, hacer escuela, hacer cultura, y cultura andaluza. Insisten en que sus objetivos están relacionados con su formula de tres puntos. Saben que la mejor defensa es insistir en una calidad tan elemental como imprescindible. Esa actitud les ha conferido el reconocimiento de otras peñas y de los buenos aficionados de toda Andalucía. Gozan del respeto de quienes celebran su actitud como benefactora de un arte entrañable. Así pretenden continuar una función de defensa de lo nuestro, en este caso nuestro arte musical. Elemento cultural de primera línea que nosotros mismos, con nuestros hábitos contaminados, no potenciamos precisamente. Arte sagrado para quienes quieren ver en él valores atávicos con vocación de futuro. Su defensa, mantienen, es el eje de la tarea para mantenerlo y difundirlo.

MANTENER

Esa manifiesta defensa implica un especial cuidado, no sólo con las formas musicales, sino con las más elementales actitudes. Se diría que es una delicada labor que requiere unos planteamientos de entrega por parte los artistas que acuden a su cátedra. En ello están implicados y empeñados. Alguien dijo que para amar un arte hay que amar a sus artistas. Francisco Pérez, su actual presidente, me habla, entusiasmado y respetuoso, del gran tesoro que en la ciudad se esconde; el mejor arte, dice, entre los aficionados cabales que huyen de la exhibición. Grupos, familias, que mantienen en sus recintos íntimos la llama de los mejores estilos y de la seriedad creativa. Cuenta, y no acaba, de cómo ven fluir valores esenciales en la conservación de nuestro arte milenario. Desde la Peña se esfuerzan en animar y lanzar a artistas que cuenten con las dotes esenciales para el ejercicio de un arte que se hereda, y que también se enseña. Debemos añadir que, en La Línea, son varias peñas flamencas más las que se esfuerzan por mantener vivas las inquietudes y aficiones del flamenco, y, al parecer, todas parten del mismo eje e iniciativas.

En un ejercicio de mantener vigoroso el arte, se han esforzado en lanzar a artistas que han obtenido considerados premios en sus actuaciones fuera de la ciudad. Triunfos que no sólo han reportado beneficios artísticos a ellos, sino que ha sumado prestigio a la Peña y nombradía a La Línea. Ellos, en la Peña, entienden por mantener, cómo cuestionarlo, que la enseñanza es fundamental para conservar vivo un semillero que, con esmero y autentico amor, promete frutos a su debido tiempo. En la Peña cuentan con buenos componentes para cumplir con este sagrado deber, su presidente así lo asegura sin ocultar su admirado reconocimiento a todos ellos. Es de suma importancia, dicen, ajustarse musicalmente a cada uno de los estilos de la variada gama de los cantes, los toques y los bailes. Puede que la grandeza de este arte radique en conducirnos desde la honda sensibilidad, que no conoce medida, hasta la emoción más inteligente, que lo tiene medido todo. Desde luego nadie podrá negar al Arte Flamenco el genuino sentido de la gracia, o si lo prefieren del equilibrio armónico.

DIVULGAR

Para cumplir con el mandato de difundir el arte musical andaluz, estos amigos, de antiguo amigos, se basan en actuaciones, en la convocatoria del Concurso y en la Escuela. En su día fue oferta educativa. Tienen muy claros los objetivos y las materias, los programas y los contenidos. Las alusiones que me afinan hacia el mundo de la oficialidad administrativa, a los despachos de las subvenciones y las programaciones, no es baldía. Reclaman más atención, dicen que en algunos casos ni existe; lo requiere una labor como es la de las peñas flamencas. La formula es tan sencilla como eficaz: un cantaor, un guitarrista, o unas grabaciones, y un comentador que inicia sobre el sentido de los tonos y los ritmos. La atención y la asistencia voluntaria son claves para afirmar la aceptación. Los más jóvenes, los estudiantes, asumen la riqueza de nuestro acervo cultural de manera práctica. Vienen a descubrir el arte del flamenco en su vertiente más limpia y creativa. Se enseña a escuchar, que en el mundo flamenco es fundamental, y descubren algo con lo que se convive en muchos casos. No deja de ser chocante, muy chocante, que tengamos que hacer misiones culturales en nuestra propia tierra andaluza e instruir sobre nuestra manera de expresar las verdades vitales. El que quiera entender que entienda; pero siempre hubo contaminación cultural.

La experiencia en el Centro Social del Junquillo fue alentadora mientras se mantuvo. Lástima que no continuara su ejercicio didáctico. Se empezó con una asistencia, voluntaria, de veinte alumnos y por un periodo de tres meses. El trimestre se convirtió en dos años y la concurrencia alcanzó el número de setenta. De entre ellos han salido profesionales del flamenco, no está mal como experiencia educativa. Y se ha logrado un considerable aporte humano, en cantidad y calidad; aficionados que saben estar, escuchar y asistir al desarrollo creativo de unas formas que parten de las músicas populares.

La pregunta es de un elemental que roza lo ingenuo: cómo, a partir de tan ricas experiencias, no se ha constituido ya en nuestra ciudad un Aula de Arte Flamenco. Es una invitación formal a la reflexión: deberían plantearse la vuelta a las aulas.

En cuanto al Concurso se sigue manteniendo porque entienden que es una de sus mejores muestras para conseguir los objetivos que se fijaron desde su fundación. Se ha cumplido la decimonovena edición desde que lo abanderasen, allá por el año setenta y nueve en que se inició. Esperemos que se cumplan los cien años de éxito en todos su propósitos.

La Línea Cultural,

10 de octubre de 2010

Las madres de Hispa

Mucho antes que las torres
hablaran a los cielos, las viejas madres de Hispa
crearon ante el templo del dios de los arados
palabras como besos en himnos de olivares
y lenguas del estero.
Brotaron sus cantares,
de aire, no de viento; de sangre, no de herida;
de llamas, no de incendio; en parto, entre madroños,
de voces y silencios, con lluvias sin tormenta
y rayos sin un trueno.
Jamás la mar cruzaron,
su gloria es la del verbo con aires litorales
de más antiguos pechos: herencia de los mimbres
trenzados en viñedos.
Las voces navegantes
surcaron los océanos; con yescas y campanas
crujió el junco del hierro, juntaron hierbabuena
por tórridos desiertos.
Las voces de las madres
mantienen sus acentos por nieves y manglares,
desde Hispa al universo.

Tras orillas, núm 15-16, septiembre 2010

3 de septiembre de 2010

José Riquelme Sánchez


José Riquelme Sánchez nació en Jimena de la Frontera (Cádiz) en Junio de 1931. Estudió Humanidades en el Seminario de Cádiz, y posteriormente Magisterio en Madrid. Casado, con dos hijos. En la actualidad es profesor de Lengua española en el Instituto de F.P. «Virgen de la Esperanza» de La Línea de la Concepción.

Desde muy joven cultiva el periodismo, con especial dedicación a los hombres y las tierras del Campo de Gibraltar, colaborando en numerosas publicaciones, singularmente en la «Gran Enciclopedia de Andalucía» y en el «Diccionario Enciclopédico Ilustrado de la provincia de Cádiz». En 1981 edita su obra «El Campo de Gibraltar: Historia y Turismo», recorrido literario y sentimental por esta hermosa comarca gaditana.

Ahora, tras varios años de ardua tarea investigadora, nos ofrece esta amplia y diversa antología, donde se recopilan 173 poemas, de 115 autores de distintos siglos y
generaciones, partiendo de Rufo Festo Avieno -siglo IV después de C.- hasta
finalizar con no pocos nombres representativos de la lírica española contemporánea.

 
EL CAMPO DE GIBRALTAR EN LA POESÍA ESPAÑOLA no es sólo una cuidadísima selección antológica en torno a la temática de esta zona del Sur, sino que también constituye un «bello homenaje» del autor -lo señala Leopoldo de Luis en el prólogo- a «su querido rincón andaluz».